Bicentenario

La Cumbre, de lejos

  • Las medidas de seguridad en torno al Teatro Falla y el Oratoio impiden a los gaditanos acercarse a los líderes participantes

"Al Príncipe lo hemos visto en el Parador esta mañana, se ha parado un momento en el coche, lo hemos saludado y él nos ha correspondido, ha estado muy amable. Al Rey lo hemos visto pasar en un coche con los cristales tintados, pero es normal que no se pare, está destrozado el pobre". Lo cuentan Inma y Charo, dos gaditanas en una esquina de la calle Virgili, a unos 30 metros de la plaza del Falla, ya por la tarde, mientras casi se empinan para no ver nada de las delegaciones que empiezan a llegar al Teatro gaditano, escenario de la ceremonia de inauguración de la XXII Cumbre Iberoamericana. Pero Inma y Charo no iban a tener suerte por la tarde. La plaza del Falla está totalmente cerrada al público en un perímetro de una calle alrededor. A su lado, Amparo cuenta que acaba de ver pasar a su lado al coche del Príncipe, muy cerquita del Oratorio de San Felipe neri, desde la valla dispuesta por seguridad. "Pero vamos, que he estado esperando desde el mediodía allí para un ratito", se lamenta resignada.

Desde luego, los mandatarios que han venido a Cádiz para la Cumbre, incluido los españoles, no han buscado un baño de multitudes. Sale el periodista a hacer la socorrida crónica de ambiente, busca y no lo encuentra. Acercarse al Oratorio es imposible, está todo cortado. La Policía habla: "Nos han dicho que no pase nadie sin invitación, no valen ni las acreditaciones". ¿Y la gente que viva por aquí?. "A esos se les comprueba la dirección por el DNI y se les acompaña a su domicilio".

Por allí anda Mercedes, apostada en una esquina de la calle Cervantes, acompañada por su marido con cámara de fotos con la esperanza de divisar algo de la Cumbre. "Hombre, me parece muy mal que no nos dejen verlos de cerca, para una cosa que hay en Cádiz no nos dejan disfrutarla", lo que es refutado por Miguel, a su lado: "Pues a mí me parece muy bien, cuanto más seguridad mejor. Además, yo he venido a ver a Aznar, el resto me da igual. Me han dicho que esta mañana lo han visto corriendo en pantalón corto por el parque Genovés, no sé si será verdad".

Manolo, un joven gaditano, es contundente: "A mí me parece malamente que no nos dejen acercarnos, debe de ser porque somos pobres. Yo no entiendo ¿no han dicho que Cádiz es en estos días la capital de América? Pues no se nota. Lo que se nota es el gasto en seguridad ¿cuánto ha costado esto? con lo bien que le vendría a la gente de Cádiz". Pero no es del todo pesimista: "Yo creo que para algo valdrá, porque los empresarios se han reunido y supongo que habrán negociado cosas buenas".

En el Oratorio no hemos conseguido ver nada más que cientos de policías cerrando calles por alrededor. Decidimos acercarnos al Teatro Falla, donde en pocos minutos comenzaría el acto de inauguración. La corta distancia entre los dos lugares se hace bastante más larga con el rodeo, pero en el camino es imposible encontrar ambiente de nada que no sea una tarde de viernes normal y animada en el centro de Cádiz. Policías amabilísimos, agrupados de dos en dos o tres en tres, van indicando al transeúnte en dirección al Falla la desviación correspondiente con una extensión de su brazo izquierdo. La plaza de San Antonio se ha convertido en aparcamiento de decenas de vehículos antidisturbios. Una mujer le explica el porqué a su amiga que la acompaña: "Todo esto es porque en Cádiz hay algo hoy... o algo".

"Los periodistas están yendo hacia la izquierda y ya no vuelven" dice uno de los agentes en frase de significado inquietante cuando se le pregunta por el lugar desde donde se puede acercar uno más al Falla. Por fin, el tope final, donde se acumulan algunos micrófonos y cámaras es la esquina de la calle Hércules con la plaza de Fragela. Detrás de la valla se divisa una fachada de ladrillos que han cambiado de colorados a multicolores por las luces de lujo que lo iluminan. No se ve nada. Pasa de pronto una comitiva oficial y tras los cristales de un coche con el banderín real se adivina la figura del Rey. El Príncipe en cambio, tiene la ventanilla medio bajada y sonríe y saluda levemente a casi nadie.

Francisca habla con un policía. Tiene que acudir a dar de comer a siete personas mayores en una residencia de la calle de la Rosa, y no sabe cómo llegar a su hora con todos los caminos cortados. "Ya llego tarde, y están esperando, no tienen a nadie más que les dé de comer y ¿por dónde voy si está todo cortado?". El policía no es de Cádiz y no sabe darle respuesta. Francisca, muy apurada se resigna a dar lo que considera un enorme rodeo, "a lo mejor por Sagasta". Por el otro lado, otra mujer insiste en que tiene que llegar a la residencia de la Casa de Viudas. "Pase usted por la puerta trasera". Efectivamente, poco después, un anciano en silla de ruedas accede al centro después de dar el rodeo. De vuelta por la calle Ancha, el ambiente sigue siendo el mismo. Y ya en San Francisco, un grupo de operarios se afana en colocar banderolas de Cádiz 2012. "¿Un poco tarde, no?" "Es que el que tenía que traerlas se olvidó esta mañana la caja con las banderas", contesta uno mientras encoge los hombros.

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