Andalucía

El partido continúa

  • David Prieto, de 13 años, se ha sometido a tres trasplantes, el último de ellos multivisceral Durante la intervención se trasladó a Madrid porque en Andalucía no se realiza esta operación

Como cualquier niño de su edad, David Prieto, de 13 años, es un forofo del deporte. Lleva varios años practicando el fútbol siete. Siempre quiso ser guardameta, pero se defiende en la banda, demasiados balonazos debajo de la portería. A diferencia del resto de adolescentes él no se muere por una hamburguesa, es más moderno y siente predilección por el sushi en general y sashimi en particular. Tiene que compaginar estudios con cumpleaños de amigos y ya tiene una edad en la que a veces le toca elegir entre obligación y devoción. Aparentemente, la vida de David es de lo más normal. Pero los que lo conocen saben que a sus 13 años ya ha pasado por tres trasplantes: dos de ellos de intestino, que no resultaron satisfactorios, y otro multivisceral, que consiste en el implante de intestino, estómago, duodeno, páncreas, yeyuno, íleon e hígado en bloque.

David padece pseudobstrucción intestinal crónica prácticamente desde que nació (fue diagnosticado con 10 meses), una enfermedad que consiste en un trastorno generalizado de los movimientos del intestino delgado y en ocasiones del intestino grueso, estómago y esófago. En algunos casos puede asociarse a alteraciones de otros órganos como el corazón, la vejiga, los riñones y el sistema nervioso. Después de varias pruebas, los médicos advirtieron a su madre, Isabel M. Ríos, que su hijo tendría que someterse a un trasplante, única solución a su enfermedad. A la dureza de su nuevo camino se sumaba el traslado a Madrid, ya que en Andalucía no se realizan estas operaciones. El Hospital de la Paz se encarga de ellas.

Pero antes de comenzar ese proceso, David estuvo un tiempo con una vía parenteral (la única forma de alimentación posible para él), no exenta de complicaciones. Hizo frente a diversas infecciones y sufrió daños en otros órganos, pero no fue hasta pasado un año y medio cuando los médicos decidieron realizarle un trasplante de intestino aislado. Tras pasar los controles rutinarios y aguardar en la lista de espera, David recibió un intestino nuevo. En revisión continua y tomando medicamentos específicos que regulasen su organismo, David sufrió un rechazo en 2010. Otra vez le tocaba estar en lista de espera. Al año siguiente había un intestino nuevo para él y volvió a pasar por quirófano. Pero esa suerte se torció, el órgano nuevo venía con un tumor y hubo que intervenir de inmediato. David volvió a pasar por todo tipo de pruebas para asegurarse de que estaba completamente sano y que el tumor no había afectado al resto de sus órganos. Otra vez a la lista de espera.

Después de dos operaciones fallidas, su cuerpo ya estaba bastante castigado y la única opción posible era el trasplante multivisceral. Al tratarse de un trasplante en bloque los resultados son mucho más favorables, pero de producirse un rechazo habría que empezar desde cero y sin mucho margen de maniobra. Ahora, cuatro años después de ese trasplante, David hace una vida casi normal: es un niño deportista, pero no puede abusar de éste porque se fatiga demasiado y tarda un par de días en recuperarse del esfuerzo. Pero él le pone mucho empeño, sabe que tiene que elegir entre las actividades y aun así las ganas le pueden. Eso se convierte en una lucha constante con sus padres.

En todo este tiempo, David ha pasado muchas horas y días en el hospital. Allí, tanto su madre como él han creado un vínculo especial con los compañeros de planta y con otras familias en situación parecida. Para Isabel son como una segunda familia con la que compartir esos momentos. Tal es el lazo que se crea que los médicos tienen en cuenta pequeños detalles a la hora de proceder. Es el caso de la última operación de David. Era el día de su cumpleaños y los médicos decidieron que era mejor que ese día lo pasase tranquilo y soplase las velas como un niño más. Las enfermeras aprovecharon la ocasión para regalarle las botas de Cristiano Ronaldo, porque David es del Betis, pero ha pasado tanto tiempo en la capital que pierde la cabeza por el Real Madrid y su ídolo.

Consciente de lo que le ocurre, de las operaciones a las que se ha sometido y el tratamiento al que se debe someter, David es un niño que explora el mundo, como cualquiera a su edad, a través de unos enormes ojos marrones que se mueven con rapidez al contar su última competición de fútbol porque para él el partido continúa.

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