Balance regional

Balada triste de Andalucía

  • Incluso en épocas de bonanza, la comunidad nunca ha logrado despegarse de la lacra de un paro muy por encima de la media nacional.

Dos parábolas explican la mala correspondencia laboral que Andalucía ha mantenido con España en sus tres décadas de autonomía. La región siempre ha sido el último vagón del país, el de las deslocalizaciones, la paguita y la economía sumergida. Dos parábolas para darle alma a los números, a los por cientos, a ese diferencial en tasa de paro que nunca ha sido menor al 3,92% de 2006 -la cumbre de un lustro largo de abundancia- pero que ha marcado agujeros tan bestiales como los 11,55 puntos de 1997. Está la parábola del coche sin motor, velocísimo cuando viaja cuesta abajo (o cuando el ciclo económico es boyante) pero encallado si toca subir una cuesta. Y está la del reloj de arena, ancho en la base y en la cúpula (o entre la gente con menor o mayor formación) pero de cintura (clase media trabajadora) demasiado estrecha.

Hay un buen puñado de teorías sobre el paro endémico andaluz. La recopilación proviene de distintos testimonios: los de Jesús Cruz Villalón, catedrático de Derecho Laboral y autor de la segunda parábola; Manuel Carlos Alba, especialista de la CEA en este ámbito y responsable de la primera; Manuel Pastrana, secretario general de UGT-A; Francisco Carbonero, su homólogo en CCOO-A; y Manuel Recio, ex consejero de Empleo. Está la teoría de un tejido empresarial excesivamente localista y poco habituado por tanto a competir en el exterior (Carbonero, Pastrana). Está la del excesivo peso que los sectores estacionales (turismo, construcción, hostelería, campo) tienen en el bastidor macro de la comunidad (Cruz Villalón, Alba). La del "saludable empuje" de su población activa independientemente de la coyuntura (Recio). O la del escaso prestigio social del emprendedor (todos menos el ex consejero).

Andalucía arrancó su andadura autonómica con 422.600 parados y una tasa del 20,57%. Treinta años después, la cifra se sitúa en 1.329.600 y el porcentaje en el 33,17%. En términos absolutos, es la peor nota de la era democrática. En términos relativos, todavía manda aquel 34,90% del tardofelipismo (1994). Entre medias, y descontando las cuatro del periodo preautonómico, hasta 15 reformas laborales que desmontan el mito de su efectividad por cuanto el mercado de trabajo conecta con los ciclos económicos más que con la legislación vigente. El mejor ejemplo es el último: en febrero, el Gobierno aprobaba retoques de calado que no surtirán efecto, según el propio PP, sino a medio plazo. El paro, entretanto, no ha dejado de crecer.

Las tres grandes pájaras andaluzas (1984-1987; 1992-1997; 2008-hoy) se han ensañado especialmente con los menores de 25 años. El paro juvenil tocó techo en 1987 (316.800), pero marca actualmente la peor tasa de todos los tiempos (57,66%), más de cinco puntos por encima del promedio español. Con cada golpe ha emergido la misma imagen de antaño, esa postal mate del emigrante que cargaba el petate hasta Suiza o Alemania.

La paradoja es la hiperpreparación. En Andalucía, el prestigio no llega del negocio exitoso sino del título universitario, que no engorda esa clase media tan necesaria pero sí eterniza un déficit en los oficios de la FP que se adapta fatal a las exigencias de los reclutadores. Este desequilibrio en la balanza laboral provoca una roncha adicional a la del desempleo: endosa a los jóvenes un rol emprendedor para el que en muchos casos no están preparados.

Dos factores contaminantes más: la escasa movilidad geográfica de los andaluces (al contemplar la posibilidad de trabajar en otra comunidad pero también al plantearse el salto a otra provincia del sur) y el hecho de que los asalariados ya curtidos casi nunca se atrevan a dar el salto a la creación de una empresa.

Algunos libros de historia recuerdan que la tardía revolución industrial española comenzó no sólo en Cataluña sino en el triángulo escaleno que formaban Cádiz, Málaga y Sevilla. La ausencia de determinadas materias primas esenciales (carbón), el magro cordón de infraestructuras y, ya durante el franquismo, la decisión de priorizar unas regiones sobre otras convirtió aquellos albores prometedores en un rotundo crepúsculo. Ahora, en cualquier caso, importa lo que diga el INE. Y dice dos cosas: que sólo la construcción ha perdido más ocupados en el lustro que va del oro (2006) al plomo (2011), 307.300 frente a 72.200; y que la industria (+90,04%) es la pata sectorial donde menos ha crecido el paro, bastante alejada del ladrillo (+96,25%), la agricultura (+116,38%) y los servicios (+158,67%). Así que sí, la roca, mal que bien, existe.

También ha habido avances. El analfabetismo ha sido prácticamente erradicado. Ha repuntado la formación, ese sello distintivo que permite a determinadas tribus profesionales optar a un puesto de trabajo, con mejores salarios y perspectivas, en el extranjero. La mujer se ha incorporado al mercado. Han florecido firmas (energías renovables, aeronáutica) de gran valor añadido. El inglés, poco a poco, se instala en las nuevas generaciones. El salto tecnológico ha sido descomunal. Y muchos andaluces han disfrutado durante años de niveles de vida impensables para sus padres y abuelos.

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