El universo sobre Cádiz

  • Amaral se mete en el bolsillo a decenas de miles de personas con una actuación sólida y en la que la cantante del grupo se mostró en varias ocasiones asombrada por la cantidad de público asistente

Querido Lou Reed, te voy a contar algo que no te vas a creer. Iba paseando por una ciudad del sur de España de noche, cerca de la tapia de un antiguo cementerio y, de repente, empezó a atronar el ritmo cadencioso y lánguido de esa canción tan bonita que compusiste para el disco del plátano, el primero de la Velvet Underground. Era el All tomorrow's parties. Figúrate mi sorpresa y mi extrañeza. En la playa cercana se congregaban miles de personas. No me atrevería a decir un número, pero no menos de 60.000. Había un gran escenario y sobre la arena decenas de espadas como las de La guerra de las galaxias lanzaban colores fosforescentes: rojos, verdes y azules. En la calle había abuelos empujando carros, padres sosteniendo a niños en los hombros, tenderetes de latas y hamburguesas. Abajo, la multitud estaba impaciente, un mar de cabecitas. Y sonaba eso, tu canción. ¿Te acuerdas? Una cubierta ennegrecida de trapos y sedas, decías. Tan dulce por fuera, tan dura por dentro. Qué auditorio inesperado.

De repente, en esa fantasmagoria, con el mar como cieno al fondo, se detuvo tu canción y salió una chica con un vestido negro corto y el público se volvió loco. Ella, simpatiquísima, dando las gracias a la ciudad por haber acudido a verla, a ella y a su compañero, empezó a cantar una canción pop en la que hablaba a su chico. Quería saber si él sentía lo mismo, que se lo dijera, que lo necesitaba. Y lo hacía volcada. Había que creerlo. Y el público lo creía, el público que cantaba con ella. Hacían esa súplica que todos hemos hecho alguna vez: dime que sientes lo mismo por mí. Cuando hace falta preguntar, mala cosa.

La chica, que iba acompañada por una banda que sonaba a las mil maravillas, de esos a los que no se les puede poner un pero, estaba sinceramente alucinada de lo que tenía delante. Lo dijo después de cantar algo sobre noches enteras en vela que acaban durmiendo con él, con su chico, en la playa. "Qué mejor lugar para cantar esta canción", confesó. Tenía a la gente en el bolsillo. Y no vayas a creer que sus canciones eran todas sobre su chico. De hecho, letras muy líricas. Consiguió que todo el mundo coreara una canción en la que quería ver el universo sobre ella. La gente, derretida. Hasta algunos abuelos seguían con interés en las pantallas gigantes el montaje que acompañaba a la copla y en el que aparecía Jesús Hermida, Santana ganando Wimblendon y los dibujos de los niños de 'vamos a la cama, que hay que descansar". Los Telerín. Bueno, qué te voy a contar si tú eres de Nueva York, qué sabrás de eso.

Esa canción conmovió a la gente porque invitaba a saltar y a gritar. Pero sorprendió más cuando se arrancó por un recuerdo de Nicholas Cage en la película Leaving Las Vegas para situarse en una supuesta última cena, supongo que también con su chico. Estaba cargada de tristeza. La gente tenía los vellos de punta. Estaba feliz de ver a esa chica de Zaragoza y la chica de Zaragoza feliz de ver a toda esta gente. Pero la canción era desoladora, era una canción sobre el fin, sobre lo inevitable del fin, que en eso hemos estado siempre de acuerdo todos, tú también, que de eso trataban tus canciones, Lou, aunque fueran mucho más crípticas. No, esta gente que tocaba tan bien junto al mar eran más directos. Ellos hablaban del fin del verano, por ejemplo. ¿Te acuerdas de aquel bandarra que hablaba del día que la música murió en una canción de finales de los 60 cuando todo ese lío de las flores en el pelo? Digo yo que si anoche toda la gente estaba así con esta chica tan simpática y con su chico, Lou, será que la música no se va a morir. De momento, al menos. Y te lo cuento a ti porque a la gente de Cádiz no se lo voy a contar, que estaban casi todos allí y tendrán su propia opinión.

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