Próximos al pecado

  • Los madrileños Pereza transforman la noche isleña en un espectáculo de lujuria musical repleta de guiños a sus ídolos y de complicidad con un público entregado

¿Dónde estaban el miércoles por la noche?, ¿qué estaban haciendo mientras la luna se descomponía entre las cuerdas de dos guitarras, mientras el público se rendía a los pies de dos animales puestos en libertad? Porque pecando con Rubén y Leiva, sin pereza, durante más de dos horas, estuvieron cuatro mil ángeles que no dudaron en cambiar de dirección derechos al infierno, poseídos por el poderoso influjo del rock más ecléctico.

Así, mientras muchos se sentaban frente a la televisión, paseaban al perro, cenaban o se tomaban una cerveza en alguna de las pintorescas terrazas con vistas a la Bahía, un grupo madrileño, camisetas negras, armas de guerra en ristre, saltaba al escenario al calor de los primeros compases de la banda sonora del Equipo A y ante la estupefacción de sus fervientes seguidores, aún puros de pecado, porque todavía no habían mordido la manzana del árbol prohibido.

No hubo tregua en un concierto que se transformó en espectáculo y abrió filas con Animales, porque en eso se convirtieron ellos, nos convertimos todos a la luz de las estrellas en el estadio isleño de Bahía Sur. Un repaso a la discografía anterior que continuó con Niña de papá y se introdujo rápidamente en títulos de su cuarto y último disco de estudio, Aproximaciones, del que interpretaron Frágiles o la coreada Por mi tripa para abrir boca.

Entre tema y tema, la velada se fue poniendo a tono también con los éxitos más aclamados, los que han encumbrado al grupo, entre ellos Como lo tienes tú o Todo, con el que el público, enloquecido, entregó su garganta al carismático Leiva. Éste le correspondió con un piropo a su estilo, de esos que son más sentimiento que palabra. "Esta peña de San Fernando, cantando como los putos ángeles". Pero ya no eran ángeles, no. Ni mucho menos. Y en aproximaciones se desata la lujuria, Rubén y Leiva le hacen honor al título y se acercan, rozan sus bocas para interpretarlo.

También hubo guiños a sus ídolos musicales, los más grandes. No sólo a los Rolling Stones, de los que Pereza se nutre constantemente, si no también a The Beatles, a los que aluden especialmente en este último trabajo y a los que se dirigieron en varias ocasiones durante el concierto. Para el disfrute de los más melómanos, fusionaron las letras de dos carteros, la suya, recogida en su anterior trabajo, Animales, con la mítica del cuarteto de Liverpool. Con ellos, a las once y media en punto, como siempre -tal como aseguró Leiva-, conectaron para interpretar su peculiar tributo al grupo.

Referencias también a Piratas, Extremoduro, Los Ramones y por supuesto, Camarón, del que Leiva confesó que le ponía "los pelos como escarpias". Y mucha implicación con su público, al que cuidaron, mimaron y motivaron con sus letras. Un público al que no dejaron escapar vivo, al que sorprendieron detrás de cada acorde, detrás de cada gesto que transformaron en un espectáculo con frases para la historia, consejos inservibles, como explicó Rubén. "Cuando me voy de bolos, mi madre siempre me dice que no me drogue, demasiado tarde mamá", apuntó.

Demasiado tarde para la cordura, sobre todo cuando Rubén, en los últimos compases del concierto, se pavoneó por todo el escenario con unas plataformas blancas imposibles y una boa roja. A su lado, Leiva sin camiseta y con un pañuelo al cuello se terminaba de comer la noche a bocados. Y a sus pies, rendidos, los súbditos de la catarsis.

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