Farruquito se abre la puerta grande

  • El bailaor sevillano triunfa en Jerez ante casi dos mil personas con su espectáculo 'Puro', un compendio de sensaciones al alcance de todos los públicos y en el que el artista demuestra su madurez

Con las ideas claras y con un montaje perfectamente estructurado, Juan Manuel Fernández Montoya 'Farruquito' puso en escena en la Plaza de Toros de Jerez su último espectáculo: Puro. El artista demostró sobre las tablas que en este tiempo alejado de los escenarios ha madurado como artista, pausando su baile y dotando a cada uno de sus movimientos de una vitalidad y unas ganas tremendas.

Poco amante de la complejidad y de enrevesar las cosas, el sevillano ha dispuesto un espectáculo innovador y acorde con los tiempos que corren. Es una creación contemporánea y a la vez minimalista en la que todo está analizado al detalle, desde las luces, pasando por el sonido e incluso el magnífico vestuario (de lo más actual), confeccionado para la ocasión por los diseñadores -también- sevillanos Vitorio & Lucchino.

Ni tan siquiera la inclusión del violín de Bernardo Parrilla ni el piano de Jumitus, algo novedoso para el artista, llegan a romper con la magia que rodea al espectáculo flamenco.

Farruquito no quiere medias tintas ni deja puertas abiertas a las dudas, por eso ha puesto en marcha un montaje abierto a cualquier espectador, con un lenguaje sencillo al que complementan diversos vehículos como las tres pantallas que rodean el escenario. Con ello, el joven bailaor araña la sensibilidad del público y lo hace, primero, con imágenes alusivas al baile que ejecuta, y, segundo, con primeros planos de su rostro, de sus pies y con una realización digna del mejor programa televisivo.

Todo este compendio de situaciones y detalles ensalzan una obra, de la que poco se puede criticar. Gusta o no gusta, no hay más. Farruquito es único y su personalidad contagia. Su empaque, el aura que le rodea y la elegancia que desprende le convierten en un ser único, cuyo arte se aprecia hasta en la forma en la que se amarra al cuello el pañuelo.

Puro, es pues un repaso por diferentes estados de ánimos y vivencias, si bien la ilusión y las ganas son la columna vertebral de un espectáculo formado por siete composiciones, todas ellas con vida propia y con una virtud fundamental, están engarzadas con mucho tacto.

En la primera Gallardía, unos abandolaos, el juego de voces masculinas y femeninas destacan por encima del resto, en la segunda, Lluvia de Ilusión, Farruquito se sumerge en un zapateado de gran belleza plástica y visual en el que sobresale la aparición de Manuel Molina y la guitarra de un excepcional Antonio Rey.

No obstante, si hay que hablar de puntos álgidos durante el montaje debemos pararnos en tres, las alegrías Sed Soluble donde el bailaor, de blanco inmaculado, ofrece una exhibición de facultades arropado por Diego del Morao y Bernardo Parrilla; la aparición de Manuel Molina en solitario con su particular lamento de la sinrazón, y la soleá final, donde el baile reposado de Farruquito más se deja notar.

Quizás lo único que evidenció cierta carencia fue el cante en las voces masculinas, lejos de la calidad del resto del elenco de artistas. Todo lo contrario ocurrió con La Tana, Mara Rey y María Vizarraga (ésta última excesivamente chillona en algunos momentos) que emanaron una corriente fresca en cada uno de sus quejíos.

Por lo demás, chapó para un Farruquito que salió por la puerta grande y entre la ovación generalizada, es decir, una prueba de fuego superada con vistas a su paso por la Bienal dentro de pocas semanas.

Las casi dos mil personas que acudieron al coso jerezano en la noche del viernes, sin neveras y con el claro convencimiento de ver y escuchar un espectáculo (a ver si sirve de ejemplo para la denostada Fiesta de la Bulería), se marcharon entusiasmados y con una improvisada pataíta final del menor de la saga, el Carpeta, otro gran proyecto de bailaor.

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