Una tarde con el toro íntegro y valor sin cuento

La fiesta en estado puro. Ya era hora. Muchas son las tardes en las que el tedio toma asiento en el tendido. Ayer la liturgia de la tauromaquia más pura brotó en el albero califal. Todo ello porque el principal pilar de la fiesta, el toro, estuvo presente.

Victorino regresó a Córdoba, antaño su plaza talismán en el sur. El de Galapagar, porque en el toro Victorino fue, es y será siempre el de Galapagar, no defraudó. Su vuelta fue con una corrida bien presentada, sin estridencias, en el tipo de embestir y sobre todo limpia de pitones. Eso por fuera. Por dentro cada uno tuvo sus matices, pero todos mantuvieron la tensión y el interés del público.

Liria se despedía y tuvo fortuna. En esta temporada del adiós, su honradez y profesionalidad tuvo su recompensa en nuestra plaza. En su primero, el de Cehegín disfrutó toreando al natural. Pases de trazo largo que, tras una contundente media estocada, le valieron pasear la primera oreja de la feria. También su último trofeo en Córdoba.

José Luis Moreno reinvindicó una vez más el sitio que le corresponde en el escalafón. Disfrutó e hizo disfrutar en su primero. Toreo del bueno. En líneas curvas ante la rectitud imperante del toreo de los figurines de hoy, lo que más valor tiene ante un toro de verdad. Su segundo quería romperle los muslos. Moreno se los ofreció una y otra vez. Todo corazón en el trasteo. Desde el primer muletazo hasta la estocada final. El público lo reconoció. La verdad siempre tiene premio.

Antonio Ferrera es un toreo atlético. El atletismo es velocidad y derroche de facultades. El toreo de Ferrera también. Si no fuera ante toros como los ayer, todo sería una anécdota. Su virtud es esa, aunque este alejado de la ortodoxia.

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