Un circuito implantado en el cerebro podría acabar con enfermedades como la depresión

  • Los científicos piden cautela ante un método invasivo que conlleva riesgos para el paciente.

Acabar con la depresión o los trastornos obsesivos-compulsivos apretando sólo un botón parece una realidad cada vez más cercana. Un estudio conjunto de la Universidad de Leuven (Bélgica) y de la Universidad de Brown, en Rhode Island (Estados Unidos) ha demostrado que los pacientes que tienen implantado en el cerebro un mecanismo eléctrico llamado Deep Brain Stimulation (Estimulación Cerebral Profunda, literalmente) o DBS, por sus siglas en inglés, experimentan notables mejoras en enfermedades como la depresión. Sin embargo, los científicos piden cautela ante este sistema, ya que sus beneficios no están completamente asegurados y sus riesgos, por ser un método invasivo, son todavía demasiados.

Los científicos ya conocían la capacidad del DBS para bloquear o incluso anular los movimientos espasmódicos que produce el Parkinson o la enfermedad de Huntington; cerca de 40.000 personas en todo el mundo tienen implantado uno de estos mecanismos en su cerebro. Sin embargo, los experimentos con el DBS y sus efectos sobre las enfermedades mentales están todavía en sus inicios, dada la complejidad de estas patologías que sufre el ser humano. Tanto es así, que sólo una docena de pacientes con depresión aguda o un trastorno obsesivo-compulsivo han sido objeto de investigación.

En cualquier caso, los resultados de los nuevos estudios son prometedores. Según las informaciones de la revista Time, en las investigaciones de la Universidad de Leuven y de la Universidad de Brown, seis de 17 pacientes con depresión aguda experimentaron una remisión de sus síntomas un año después de que se les implantase el DBS y otros cuatro mejoraron significativamente. Del mismo modo, la mitad de 26 pacientes con trastornos obsesivo-compulsivos mostraron una mejora substancial a lo largo de los tres años después de que se les implantarse el DBS.

En un vídeo, una paciente mejor visiblemente ante las cámaras en el momento en el que los médicos activan el DBS insertado en su cerebro, mientras la mujer exclama: "Estoy empezando a sonreír". "No todos los pacientes mejoran, pero cuando los pacientes responden al tratamiento, el avance es significativo", explica la doctora Helen Mayberg de la Universidad de Emory, que ha implantado el DBS a cerca de 50 pacientes con depresión. Las primeras señales de remisión de la patología se registraron cinco años después y la doctora estima que cuatro de cada seis casos pueden considerarse como una respuesta al DBS.

Lo cierto es que enfermedades como la depresión o los trastornos obsesivo-compulsivos requieren de nuevos e innovadores tratamientos como el DBS. Cerca del 20 por ciento de los pacientes con depresión y un 10 por ciento de los que padecen un desorden obsesivo-compulsivo son resistentes a los tratamientos habituales. El doctor Wayne Goodman, del Instituto Nacional para la Salud Mental de Estados Unidos, confía en los buenos resultados aportados por el DBS, toda vez que resulta menos agresivo para el tejido cerebral que una cirugía convencional y, además, puede conectarse y desconectarse cuanto más convenga.

Sin embargo, pide cautela en torno a los beneficios y posibilidades de este método. A Goodman le preocupa especialmente que los implantes de DBS se comercialicen -su precio es de 40.000 dólares- sin que la ciencia demuestre al cien por cien que sus resultados son efectivos. "Es un procedimiento invasivo y experimental", advierte Goodman, que señala que entre los riesgos que puede sufrir el paciente están las hemorragias cerebrales o las infecciones de la zona en la que se implanta el DBS.

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