el preste

Toma tu cruz y sígueme

Llegan días de gozo, de indescriptible alegría, de nostálgicos recuerdos y de aquellas tertulias de barrio o de barra, que se hacen cortas aunque sean eternas. La vida, tan vulnerable y efímera, nos regala cada año sus perfumes y sus sabores, nos embriaga con la sobrecogedora sombra de unas cruces que llevan el peso de las batallas de cada día, pero acompasadamente, con la belleza de las nobles artes que saben hablarnos por sí solas de tanto amor derrochado. Ese amor es el que debemos entregar en penitencia los que nos llamamos cofrades, revistiendo por un día, el más importante del año, nuestro hábito querido, el que vencido en caramelos fue de niño ilusión estrenada, es hoy templo andante, oratorio privado de confidencias y soledades, cobijo de tantas carencias y pañuelo donde enjugar las lágrimas de nuestros errores y problemas. Catedral nazarena, emblema de tu hermandad de siempre, con los colores de siempre quizás gastados por el tiempo y los años, por ella solo podrán ver unos ojos que dicen más que cientos de libros. Hoy, entre tantas luces y ruidos que distorsionan nuestro objetivo, revestirse de Cristo, es llamar al Cielo mismo, cantar sus glorias, acercarse más a Dios, a veces nos olvidamos entre tanta maravilla, de por Quien y para Quien es todo. Por eso nuestros titulares nos llaman de nuevo al corazón, a que llevemos nuestras fatigas y desalientos, nuestros complejos y enfermedades, nuestra pobreza de espíritu, nuestras más íntimas penas, para que bajo nuestra túnica, aquella con la que haremos el último camino, se torne esperanza, resignación, fuerza y valentía. Cristo y su Madre nos convocan un año más a acompañarlos en una estación en la que entregaremos las cruces de nuestras faltas, para recibir la Cruz que es nuestra victoria.

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