el preste

Sólo queda esperar

SOMBRAS de parihuelas desnudas, cruzaron ya el ilusionante dintel de la espera, para recamarse de oro, plata y terciopelo.

Desde un palacio con ladrillos rojos, las palabras sueltas de un pregón se enlazaron cobrando sentido en unas manos humildes de azules viñeros, en la roja filigrana de una clámide, en el Cáliz de la Sangre milagrosa y en la soga fuerte que alzó la Cruz hasta la rocalla armoniosa de su paso.

Los versos fueron desgranados en los atriles, el eco de los pentagramas quedó de nuevo retumbando en los rincones de templos y capillas, el aroma y el calor de la miel se fundieron entre bosques de airosos candeleros, tras el floreado cristal de unas tulipas o en la opacidad de dos faroles de tramo.

Las mantillas tomaron graciosas formas en las sienes de esas Niñas de cabecera y mesita, que nos roban el último aliento y mirada de cada noche. Mientras, las túnicas, libres ya del cajón de la memoria, recobran una vez más la juventud, perdiendo sus viejas arrugas para el día grande.

Volverán a llenarse de miradas los desérticos palcos y sillas, el oculto sufrimiento de los palos, guardará el sudor derramado en el frasco de la promesa, las calles serán arterias por donde discurrirán misteriosas estelas de luz.

Sólo queda esperar la amanecida, despertar en un repique alegre que nos llama y que nos lleva como en volandas, de templo en templo, hasta que las solapas explosionen de lazos multicolores que ocultan las hojas verdes bendecidas a primera hora del día.

Ábranse pues las doradas puertas del Carmen y comience el relato de Amor más grande, escrito con el sol de la Alameda en las mejillas de mi Señor de la Paz. Feliz y fructífera Semana Grande a todos los cofrades.

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