La imagen del Mayor Dolor de la hermandad de la Veracruz

  • Destaca en la imagen de la Virgen su actitud implorante y contemplativa

  • Es una de las Dolorosas de El Puerto que presenta más singularidades

Acomienzos del siglo XVIII debieron encargarse las imágenes de Nuestra Señora del Mayor Dolor y san Juan evangelista para componer un Calvario acompañando al Crucificado titular de la cofradía de la Veracruz de El Puerto, fundada a mediados del siglo XVI y venerado en su capilla de la Sangre. Allí permanecieron las tres imágenes hasta que, por ruina de ésta, debieron trasladarse a la Prioral y poco después a la iglesia de San Joaquín, en cuyo retablo mayor se conservan desde 1947 y procesionando (al menos hasta hace un par de años) en la estación de penitencia del viernes santo.

La historia de esta imagen es poco conocida y se ignoran las fechas de ejecución e incorporación a la cofradía, aunque ninguna de las dos debió ser anterior a los inicios del siglo XVIII por las características de estilo y autor. Repasaremos algunas de sus singularidades, caracterizaremos su estilo y justificaremos la atribución de la talla a Ignacio López. Los aspectos más descriptivos pueden consultarse en mi libro Imaginería de las hermandades de penitencia de El Puerto de Santa María (2004).

Iconografía

En la iconografía de Nuestra Señora del Mayor Dolor destaca su actitud implorante y contemplativa propia de los modelos conocidos como Stabat Mater y Dolorosa de calvario: María al pie de la Cruz elevando su mirada hacia el cuerpo sin vida del Hijo tras haber sido testigo de su crucifixión simbolizando la maternidad espiritual de la Virgen sobre el género humano personificados en Juan, quien la acompaña en este trance.

Es una de las Dolorosas de El Puerto que presenta más singularidades. Aparte de la común expresión dramática, es la única de talla completa y, junto a la primitiva Virgen de los Dolores, abre sus brazos, extiende las manos en actitud declamatoria, gira el cuello y eleva cabeza y mirada hacia su Hijo muerto en la Cruz. Son igualmente interesantes los símbolos con que ha sido interpretada: diadema como atributo de realeza y señorío (de plata repujada decorada con corazón, cruz, motivos vegetales y rayos ondeantes alternando con otros rematados en estrellas) y puñal clavado a la altura del corazón como alusión pasionista derivada de la profecía de Simeón que anunciaba a María que "Este Niño será signo de contradicción y una espada atravesará tu alma" (pieza de plata cincelada, con empuñadura labrada y repujada, de gran mérito y calidad artística).

Resultan muy evidentes la belleza clásica y serena de su rostro afligido de madre que sufre, la fuerza expresiva de efecto dramático pero digno que emana la figura, la elevación y postura de las manos en evidente actitud declamatoria y el papel fundamental que juega la indumentaria, tallada y policromada íntegramente (velo o toca, túnica cubriendo el cuerpo hasta los pies ocultos y los brazos y el manto superpuesto cayendo por la espalda, resbalando por los hombros y cruzando en diagonal por delante hasta recogerse sobre el brazo izquierdo).

Estilo, cronología y autoría

Tradicionalmente se ha venido atribuyendo al escultor Pedro Roldán y su hija Luisa. Con las últimas investigaciones a cargo de Moreno Arana estamos en condiciones de incluirla en la nómina del imaginero Ignacio López. Los rasgos fáciles, la composición abierta de la imagen, el efectista y teatral lenguaje gestual empleado (evidente en el esbelto cuello girado, la cabeza elevada y las elocuentes manos abiertas e implorantes) y la gran plasticidad otorgada al ropaje son recursos y características de estilo que otorgan a la imagen un gran dinamismo típicamente barroco que vemos repetido en otras esculturas de este imaginero afincado y activo en El Puerto entre 1680 y 1718. Encontramos analogías en otras imágenes de El Puerto, como la figura de san Miguel del retablo de Ánimas, recordamos la influencia roldanesca del Cristo del Perdón de Medina Sidonia (1679) y observamos similitudes formales y estilísticas con otras esculturas jerezanas como Nuestra Señora del Mayor Dolor (1718), la Virgen de la Anunciación en la iglesia de san Francisco o la Virgen de la Luz de san Marcos, todas de finales del siglo XVII o principios del XVIII.

La imagen ha sufrido varias intervenciones, siendo las más reconocidas la de Bottaro Palmer en 1937 y la de Hernández León en 1999. No dudamos de la consolidación de la obra y restauración de múltiples desperfectos, pero creemos que se alargó el canon y se alteró su policromía original tanto la referente a la encarnadura como al rico estofado que debió poseer la indumentaria de la escultura primitiva.

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