Y se hizo el silencio

  • El Cristo de Medinaceli acaba con su sola presencia con el ruido que había en la calle a la salida de la cofradía de la iglesia de Santa Cruz

Ya puede haber ruido en la calle, ya puede haber murmullo en el interior de la Iglesia, que cuando el Señor moreno se levanta se hace el silencio. Mirada regia, penetrante, pecho arriba y melena suelta. Jesús de Medinaceli va guiado por un histórico del martillo, José Luis Pájaro, miembro de una saga de capataces que lleva ya 26 años llevando el precioso paso de plata y marfil. Con su estilo personal de ir agarrado a las maniguetas, lleva hasta la puerta al Medinaceli mientras va enmudeciendo el personal.

Minutos antes recibía besos y abrazos de sus cargadores y de todo el que se acercaba donde permaneció sin moverse durante la prolongada espera antes de que se realizara la primera levantá. Entre esos abrazos estuvo también el del capataz de la Virgen de la Trinidad, Gerardo Navarro.

Antes de que se abrieran las puertas el párroco de Santa Cruz, Rafael Fernández Aguilar, ha leído desde el altar el pasaje del Evangelio que se ha leído para los santos oficios y recuerda a todo el cortejo que van a hacer testimonio público de su fe y que pedirán pero a la vez darán las gracias al Medinaceli.

Es la vuelta de las noches frenéticas en Santa Cruz, que aunque ya no concentra a tres cofradías en apenas tres horas, los horarios de esta noche ha vuelto a concentrar a Medinaceli y Perdón en apenas hora y media de diferencia. De hecho, por allí se podía ver a algún penitente del Perdón esperando ya su turno.

Pero el Señor llega a la puerta y la plaza de Fray Félix enmudece y lo único que se escucha es el rezo de los cargadores de la cuadrilla del Pájaro mientras se mece delante del mosaico del propio Medinaceli que está en la fachada principal de la Iglesia y el rezo del rosario y las reflexiones que se van haciendo: "Tu silencio me enseña a llevar todas las contradicciones de esta vida con mucha paciencia".

La penitencia, antaño eterna y ahora mucho más mermada pero aún así numerosa, se incorporó tras el Cristo de Medinaceli y tras ir incorporándose los tramos de la Virgen, Gerardo Navarro mandaba a sus hombre ir encarando la puerta con los patas sobre los patines a ruedas. Una vez que la atravesaron, lo levantaron a hombro en plena rampa con dedicatoria incluida y poco a poco empezó a girar para parar a rezar también delante del mosaico de Jesús de Medinaceli. Pasadas la una de la mañana el Cristo empezaba encarar la carrera oficial con un frío impresionante y con más de una hora de separación con respecto a la hermandad precedente del Nazareno.

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