El fuerte viento relega el vía crucis del Santo Entierro al interior del templo

  • El clasicismo y la solemnidad de la hermandad impregnaron este recogido y cuidado acto penitencial que adentró a La Isla en una temprana Cuaresma

Todo estaba previsto. Desde las primeras horas de la mañana de ayer, los cofrades de la hermandad del Santo Entierro miraban de forma apresurada los distintos partes meteorológicos, que apuntaban en su mayoría a la continuidad del fuerte viento de Levante que desde el fin de semana pasado ha estado presente en la ciudad.

Aún así, desde las cinco de la tarde las puertas de la iglesia conventual del Carmen se abrían para ofrecer una realmente estampa única, el Santísimo Cristo Yacente se encontraba en el presbiterio del templo, exornado con un altar efímero para la ocasión -alfombra, cuatro blandones y cuatro candelabros color tiniebla- y luciendo un faldellín, a la usanza de la década de los cuarenta, una imagen olvidada para la gran mayoría de los cofrades.

Los hermanos de la corporación, que acudieron a la eucaristía preparatoria de las ocho de la tarde, pudieron observar la decoración en los distintos altares del templo carmelitano, que para la ocasión estaban exornados con velas color tiniebla, a excepción del retablo del Santísimo Cristo de la Salud, el cual estaba embellecido con dos piñas de candelería color tiniebla así como dos jarras bicónicas. Por su parte, la imagen de María Santísima del Mayor Dolor en su Soledad, vestida para la ocasión por José Muñoz Moreno, estaba alumbrada por cera blanca.

La junta de gobierno del Santo Entierro -una vez consensuada la decisión con el presidente del Consejo de Hermandades, Manuel Muñoz Jordán- comunicó a los asistentes la decisión de no realizar el ejercicio del vía crucis por el itinerario prefijado y hacerlo dentro del interior del templo. A esta decisión se llegó tras repetidas reuniones que se sucedieron a partir de las seis y media de la tarde.

El cortejo que estaba previsto que saliera a las calles de la feligresía había sido cuidado minuciosamente por la hermandad del Viernes Santo. Poco antes de las nueve de la noche, comenzó a transcurrir por el interior del templo encabezado por la comitiva de duelo, formada por un muñidor con campanilla y dos servidores ceriferarios, todos ellos vistiendo ropón y libreas a la usanza del siglo XVIII. A estos, les precedía el trío musical, formado por fagot, clarinete y oboe que interpretó durante el acto piadoso las coplas y saetillas dedicadas al titular de la hermandad del Santo Entierro, que se unieron a las composiciones de música sacra que sonaron al órgano tras la celebración eucarística.

Los tramos de hermanos, que estaban previstos que siguieran a la cruz de guía, se formaron en el interior del templo para acompañar con sus oraciones a este acto penitencial, que estuvo presidido por las meditaciones en cada estación del fraile Emilio Sánchez Solana, prior del Convento del Carmen.

Destacaba dentro del cortejo preparado para el vía crucis, una escolanía de niños cantores, que se situó en las escalinatas del altar principal del templo. Esta escolanía, perteneciente a la hermandad del Caído de San Lucas de la localidad de Jerez de la Frontera, interpretó durante el acto penitencial el característico canto del miserere en latín.

Dentro del acto litúrgico, destacó la solemnidad con la que los hermanos del Santo Entierro realizaron las distintas estaciones, acompañados de una gran cantidad de cofrades que aguardaron dentro del templo hasta su finalización. El ejercicio del vía crucis elegido para la ocasión por la hermandad fue el escrito en el año 1976 por el Papa Juan Pablo II durante unos ejercicios espirituales en el Vaticano.

El acto concluyó con el rezo de aceptación de la muerte, dando así por finalizado el acto del piadoso ejercicio ante las plantas del Santísimo Cristo Yacente, que se encontraba sobre una parihuela a modo de litera, a semejanza de la que portó el cuerpo sin vida del anterior pontífice de la Iglesia católica.

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