EL CONCIERTO

Como una virgen

  • A sus 50 años, Madonna continúa siendo la indiscutible reina del pop sin ninguna heredera posible en la que abdicar. El próximo 16 de septiembre aterriza en el estadio de La Cartuja de Sevilla con su gira Sticky & Sweet Tour

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SEÑOR MARRÓN: Like a Virgin no va sobre una tía sensible que conoce a un buen tío. Esa es True Blue, no, sin duda, eso está muy claro.

SR. NARANJA: ¿Cuál es True Blue?

EDDIE EL AMABLE: ¿No has oído True Blue? Fue un exitazo de Madonna. Qué pasa, ¿no escuchas los cuarenta principales?

SR. NARANJA: Oye, no he dicho que no la haya oído, yo sólo preguntaba de qué va. No soy el mayor fan de Madonna.

SR. BLANCO: Yo paso de ella.

SR. AZUL: A mí me gustaba al principio, en Borderline, pero cuando empezó con el Papa don’t preach, me olvidé.

La conversación anterior tiene lugar al final del desayuno de una banda de criminales y antes de uno de los atracos más chapuceros que se conocen y da una idea del interés por Madonna y la hetereogeneidad de su público. [Un inciso: si quiere conocer la teoría del señor Marrón sobre el título  Like a Virgin  vea Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino. Las normas de estilo  de este periódico no me permiten reproducirla.]

Madonna ha cumplido cincuenta años. ¿Y qué? Es como una virgen que ha pactado con el diablo. Medio siglo de existencia vampirizando incluso sus propios fracasos ha dado como resultado la Madonna actual, la número nosecuántos. ¿Pues cuántas Madonnas han conocido sus fans y los que no lo son? Se habla del camaleonismo de Bowie. ¿Y ésta? Desde 1984 al día de hoy la llamada reina de la república del pop ha ofrecido un catálogo de imágenes tan versátil que, como dicen los sicarios de Tarantino, hay donde elegir: a unos les gusta más la Madonna del comienzo, aquella muñeca de cruces, medias de red, guantes, encajes y puntillas que dictó moda a adolescentes ochenteras, y a otros la cincuentona fibrosa y elástica de Hard Candy, su último disco, esa que aparecerá en el escenario el próximo 16 de septiembre en el estadio de La Cartuja de Sevilla.

Ahí estarán sus seguidores más fervorosos y quienes admiten que por nada del mundo piensan perderse ese espectáculo. Incluso hay quien da por bueno el gasto de la entrada por estar sólo al inicio, cuando la diva haga su aparición. Es el momento clave: lo saben los Rolling Stones, lo sabe U-2, lo sabe Madonna. Más que la traca final, lo que eriza la espina dorsal de sus sectas es el zambombazo de apertura. Alcanzado el paroxismo de la masa, una vez que esté ahí arriba, ¿qué más da lo que haga la emperatriz? A la número uno sus seguidores le perdonan todo, sus devaneos también se consienten. La reina se levanta de sus caídas, como cuando se reviste de song-singer, perfil al que no se ajusta por más que lo intente: su lectura del American Pie, de Don McLean, fue como pisar un charco de grasa, e Imagine, el embuste de Lennon, suena el triple de falaz en su boca.

Pero apenas son molestos guijarros aislados en la playa de arena dorada que es la carrera de la Ciccone, que no es sólo una famosa cantante de pop saltarín. Ella es la jefa, y dura, del negocio. Su nombre es una marca que conoció tiempos difíciles y que ahora cotiza al alza, y el malditismo artístico no entra dentro de sus planes. Hasta sus demostraciones públicas de hipersexualidad, hechas desde el soporte de videoclips presuntamente provocadores o en actuaciones perfectamente calculadas –en un concierto de la MTV, donde se dio un muerdo con Britney Spears, hay tanto margen para la improvisación como en un trasplante de médula ósea–, han estado teledirigidas para que tengan el efecto deseado por la material girl: que sus súbditos sigan adorándola previo paso por taquilla.

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