Carril de Servicio

Un retazo de actualidad

El no se percató de que ella le había dejado unos pantalones sin arrugas sobre la tabla de la plancha, porque lo que atrajo toda su atención fueron el zumbido y el vuelo, rasante unas veces y en picado otras, de un insecto asqueroso que había entrado por el balcón que dejaron abierto de par en par  durante toda la noche de cielo rojo. Aprovechó una maniobra de planeamiento del insecto en las alturas para comprobar que los números verdes del despertador digital señalaban las 8:16. ¿Por qué no estaba ya el puto bicho donado a la ciencia, metido en formol o lo que fuera y siendo objeto de un artículo de Juan José Millás? Se levantó e hizo todo eso que hacen los normales cada mañana, y cuando llegó la hora de vestirse se puso el pantalón del día anterior, un poco machacado, la verdad, y mostrando ya algunos ribetes de polvo incrustado en los bajos, así que cuando regresó a casa por la noche y ella lo vio se quejó y le echó en cara que no llevara puestos los pantalones que se había molestado en planchar, aunque esto –la gilipollez de los pantalones– era lo de menos, en realidad no le habría dicho nada y lo habría saludado con la rutina de siempre, un suave roce de sus labios en los de él, si no hubiera sido porque del reportaje de fotos que ella había hecho para el periódico sus jefes no habían elegido ni una y habían preferido las de agencias, y él le respondió, tranquila, son sólo unos pantalones, no es para ponerse así, mañana me pongo los que me has planchado, y eso la puso aún peor, pero no replicó nada, y siguió mirando imágenes de los juegos olímpicos, mujeres disparando rifles de precisión a un plato o a lo que fuera ahora, en 2008, un objeto que cuando se le acertaba explotaba en el aire como una nube fucsia, cosa de la afición de los chinos por la pirotecnia, y se imaginó a sí misma disparando también, no con una cámara de fotos en el entrenamiento mañanero del equipo de fútbol local, sino con un fusil en una guerra sucia y cruel, como la que había visto minutos antes en el telediario, la de Osetia del Sur, por ejemplo, donde ella era una soldado del ejército ruso que no fallaba ni una, y georgiano que encapsulaba en su punto de mira, georgiano que dejaba el censo, y todos sus compañeros deseaban hacer el amor con ella, aunque en realidad la temían como si fueran georgianos enmarcados en su diana, hasta que él la sacó de su ensimismamiento y le dijo, quita ese coñazo de olimpíadas ¿no?, y ella se lo pensó un par de segundos, apuntó y le tiró el mando a distancia entre los ojos, y acertó, y eso que ni él era georgiano ni ella una soldado rusa.

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