AUTOPISTA 61

La ministra en el palanquín

En estos últimos diez años, más o menos desde 1997, hemos vivido un periodo de crecimiento económico sostenido. Nosotros –es decir, usted y yo– no notábamos demasiado la prosperidad general, pero veíamos a nuestro alrededor una abundancia que no recordábamos haber visto nunca. Zapatos de 500 euros, trajes de mil, coches de 60.000, suplementos dominicales dedicados al “Lujo” –así, tal cual–, y menús de Ferran Adrià anunciados por todas partes, con el sobreentendido de que los que no hemos pisado El Bulli somos unos pringaos, ya que todavía no hemos probado ese exquisito yogur de ostras que deberían servir acompañado de una lupa, para que así el crédulo comensal lograra identificarlo en medio del plato.

El caso es que nos hemos acostumbrado a la idea de que el dinero no se iba a terminar nunca. Los que hemos vivido en otras épocas menos pródigas o inconscientes que ésta guardamos memoria de la escasez o incluso de la penuria, y hemos recibido una educación basada en una cierta idea de austeridad. Pero todo eso se ha hecho añicos en estos últimos años. La gente ha empezado a gastar a manos llenas, sin pensar si tenía dinero suficiente y, peor aún, sin calcular si algún iba a necesitar ese dinero que ahora derrochaba. Y eso era así porque vivíamos instalados en el candor, un candor que quizá no fuera más que una mezcla temeraria de irresponsabilidad y de bobaliconería.

Ahora las cosas han cambiado, ya que muchos de nosotros hemos empezado a notar que el dinero se ha escabullido de nuestras vidas. Lo malo es que la clase política –y me refiero a todos los partidos, todos– sigue convencida de que el Estado dispone de fondos suficientes para hacer frente a todas las necesidades que puedan surgir, ya sea por causa de desastres naturales, o por el aumento del desempleo, o por la simple reforma de los servicios públicos más calamitosos. Sólo eso explica que una ministra de Defensa, embarazada de ocho meses, pueda viajar a Afganistán y al Líbano acompañada por un equipo de ginecólogos que cuentan incluso con una incubadora volante. Está claro que un Gobierno puede y debe hacer pedagogía social, y nombrar ministra de Defensa a una mujer embarazada es una muestra de ello. Lo que ya no sé es si el ciudadano que no consigue pagar su hipoteca va a aceptar que una ministra viaje por el mundo como si fuera una emperatriz china, acompañada en su palanquín por su séquito de médicos, adivinos y eunucos.

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