OPINIÓN. AUTOPISTA 61 por EDUARDO JORDÁ

El mal de piedra

CON muy poca diferencia de tiempo, dos personas muy próximas han sufrido un cólico nefrítico. “Es como un parto, o casi”, me han dicho, “un dolor horrible, insoportable”. Por suerte, nunca he tenido que sufrir un ataque así. Montaigne padeció frecuentes cólicos biliares, a los que llamaba “el mal de piedra”, y describió a menudo en sus Ensayos las piedras que le torturaban los riñones, aunque hablaba de ellas casi como si fueran viejas amigas, algo inoportunas y hasta molestas (siempre diciendo las mismas cosas, siempre repitiendo la misma rutina, siempre llegando y despidiéndose de la misma forma), pero a las que en cierta forma echaba de menos si no se presentaban. Y es que Montaigne creía que no había nada inútil en la naturaleza, ni siquiera la inutilidad misma. Y tampoco el dolor.

El dolor es un misterio, como todo lo importante en la vida. En realidad no existe. Por lo que sé, no ha podido ser detectado por ningún aparato de exploración de la materia (los médicos pueden captar su presencia sólo por los efectos que produce en el cuerpo humano). Porque el dolor no es más que un síntoma, un indicio, un fantasma, aunque no haya nada más presente ni más sólido ni más real que el dolor físico que sentimos en algún momento. Y lo mismo pasa con el dolor espiritual, el dolor del alma (espero que la expresión no suene grandilocuente).

Porque el dolor anímico, el dolor por una pérdida o un fracaso o una decepción, ese dolor que no se sitúa en ninguna parte concreta del cuerpo sino en todas partes y en ninguna, ese dolor, decía, tampoco es real. Sólo es una señal de algo que no funciona bien en nuestra mente (o en nuestra alma, y también espero que la palabra no parezca exagerada). Pero ese dolor anímico, igual que el amor o la memoria, es una de las facultades que nos definen como humanos. Cualquier animal puede sentir la quemadura del fuego. Sólo nosotros –y quizá los chimpancés y los delfines, y de una forma muy elemental– podemos sentir el dolor de una pérdida o por el fracaso de un amor.

Supongo que nada de eso sirve para aliviar el dolor que te tortura cuando tienes que expulsar una piedra del riñón. Claro que no. Pero uno se consuela como puede. Y me digo que, si no tuviéramos conciencia del dolor que puede aparecer en cualquier momento o que acaba de irse, sería imposible apreciar el milagro de un momento en el que no ocurre nada importante, tan sólo la calma, la rutina, el paso lento del tiempo. Como esta luz arrogante del comienzo del verano.

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