OPINIÓN. EL BOLSILLO

Nuestros guardianes entre el centeno

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¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (...) Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan por él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los agarro. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno”. Hace varias semanas pensé en este fragmento –el fragmento, en realidad– de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger, libro de culto donde los haya (incluso para muchos que no lo han leído, me temo), muy criticado en Estados Unidos como lectura de “perdedores”, expresión ésta muy dilecta por aquellos pagos. Me acordé de él cuando el abuelo de Mari Luz, la niña asesinada de Huelva, declaró que su misión en la vida era pareja a la que arriba anuncia el adolescente Holden Caulfield a su hermana: cuidar que a ningún niño le pasara como a su nieta. Me conmovió entonces, pero me volví a acordar del pasaje, con amargor, cuando el propio abuelo participaba en la jauría contra el acusado a las puertas de los juzgados de Huelva. No he querido, pero el asunto ha saltado de nuevo como un resorte en mi memoria al conocer, esta semana, la noticia de la alimaña que ha masacrado, desde la cuna, la vida de su hija y de sus hijos-nietos, en un lugar de Austria. Y, en parte por todo eso, tan estomagante, he reflexionado sobre los abuelos, figuras tan mágicamente centrales en mi vida que tengo que pelear contra la melancolía unos segundos. Como esta sección gira, con bastante laxitud dominical, sobre la economía y nuestro bolsillo… hablemos sin pretensiones académicas sobre el nuevo papel de los más mayores.

Nuestra pirámide de población es un verdadero botijo, que habla a las claras de nuestra cantidad de niños (pocos) y mayores (no mayoría, pero creciente proporción). Una pirámide de un país en desarrollo tiene forma de triángulo: muchos niños y jóvenes, menos adultos, y aun menos ancianos. La buena vida nos engorda por la cintura; a la pirámide, también. La mayor esperanza de vida, unida a una edad fija de jubilación, hace que nuestras calles se pueblen cada vez más de personas mayores en días laborables: paseándose, paseando a nietos o llevándolos al colegio, sentados al sol, yendo a la compra, haciendo uso del bonobús, visitando exposiciones. En muchos casos, cubriendo necesidades domésticas de los hijos, a coste cero, con desigual reconocimiento. Son, en este sentido, proveedores de servicios para una estructura familiar en la que los padres en edad de ejercer tienen cada vez menor presencia en puesto, y mayores necesidades: horarios escolares y actividades extraescolares de los niños, gestiones burocráticas, paseo de bebés y mascotas, desavíos varios. Del otro lado, también son receptores principales de servicios médicos y, en la jerga de los libros blancos europeos, de “servicios a domicilio”. El Mediterráneo no es lo que era, ni en la dieta ni en el rol de los ancianos. A los mayores se los calla en muchas casas, sus opiniones y consejos han dejado de ser sabios para ser ignorados; en las cafeterías, hospitales y supermercados se habla a los mayores de tú casi sin excepción, por no hablar del inopinado “abuelo” o “abuela” por parte de cualquier indocumentado. No está nada bonito, y denota zafiedad e incultura, no cariño.

Más temprano que tarde, la edad de jubilación deberá alargarse, y es éste un debate diferido sólo porque hay elecciones cada dos por tres y el voto de los más viejos es sensible a las limosnas en la pensión. Probablemente yo querré hacer de doméstico guardián entre el centeno de mis eventuales nietos en el parque de mi barrio, pero querré hacerlo de vez en cuando y no como trabajo sin retribución. Pretenderé, salud mediante, trabajar y cotizar todo el tiempo que pueda y quiera. Mientras eso nos llega o no, debemos practicar la memoria y aprender a ser decentes con los que nos preceden. Con repulsivas excepciones, es simplemente de ley.

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