OPINIÓN. AUTOPISTA 61

Picassín

Como en mi familia no se tira nada –una costumbre de otros tiempos–, acabo de encontrarme en un trastero un cuadro enmarcado hace muchos años. Lo pintó alguno de mis hermanos, o quizá yo mismo, a principios de los 70, en un “picassín” que un feriante había instalado entre los puestos de salchichas de Frankfurt y los tenderetes de tiro al blanco de una verbena de verano. Un “picassín” era una plataforma giratoria en la que se colocaba una lámina de papel. Junto a la plataforma había cinco o seis botes de pintura que se usaban como si fueran botes de ketchup. La plataforma empezaba a girar, el artista cogía los botes e iba arrojando los chorros siguiendo los caprichos de su inspiración: un poco de azul por aquí, otro poco de rojo por allá, luego algo de naranja para suavizar el conjunto. El resultado era un cuadro más o menos en la línea de los “drippings” de Jackson Pollock, sólo que sin vida ni armonía ni energía. Es decir, un bodrio.

Mis padres, sin duda llevados por el orgullo infantil que asalta a todos los padres ante las creaciones de sus hijos, hicieron enmarcar aquel cuadro que no valía ni lo que vale un bote de ketchup. Y el cuadro ha sobrevivido en un trastero, entre raquetas viejas de tenis, copas oxidadas de competiciones escolares de balonmano, bicicletas con las llantas inservibles y puzzles que hace años que nadie usa. Recuerdo bien el día en que se hizo aquel cuadro. Todos los hermanos nos pusimos en fila ante el “picassín” y cada uno fue echando los botes de pintura sobre la lámina que giraba. Todos los cuadros eran iguales, es decir, todos eran horrorosos, pero nuestros padres decidieron preservar uno de aquellos cuadros y lo hicieron enmarcar. Aquello debió de llenar de orgullo al autor, pero también debió de crear un enrome estallido de envidia entre los “artistas” que no habíamos sido elegidos. Ahora, al ser padre, puedo imaginar las tensiones que se desencadenaron entre nosotros, las peleas y las acusaciones, los gritos y las exigencias, hasta que la prudencia de mi madre logró convencernos para que aceptáramos uno de los cuadros sobre los demás. Pero eso es algo que sólo puedo imaginar, porque en realidad lo he olvidado.

En cambio, no he olvidado la excitación que sentí al echar los chorros de pintura sobre aquella lámina que giraba sin parar en una verbena, mientras que en el chiringuito de al lado freían salchichas y alguien cantaba una canción de David Bowie en un escenario. ¿Es eso el arte? Quizá.

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