TEMPOREROS EN HUELVA

Historias de la fresa

  • La provincia de Huelva emplea a unos 32.000 temporeros extranjeros, marroquíes y rumanos en su mayoría a través de los contratos en origen. La cara amable de un trabajo duro es la vida que fluye bajo los plásticos

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En Palos de la Frontera, Huelva,  los nombres de los establecimientos giran en torno a dos temas: la partida de las carabelas de Colón y la fresa. El primero remite a un pasado glorioso, escrito con letras mayúsculas en los libros de Historia. El segundo a su presente, al sustento económico de una provincia que produce 150.000 toneladas de fresón al año, lo que representa más del 65% de la producción nacional. Por eso, en pocos metros de distancia conviven la cafetería La Pinta y el bar El fresón. A él acuden muchos temporeros y lugareños una vez terminada la jornada de trabajo. Mario Pedraza y Leti Todorut, colombiano de Bogotá de 32 años y rumana de Transilvania de 30, y Enrique Rojas, agricultor y jefe de Mario, son vecinos del pueblo.  

Fue precisamente en la finca de Rojas donde Mario y Leti se conocieron . Una pareja de novios como otra cualquiera si no fuera porque su historia se fraguó bajo un bosque de plásticos. Es la cara amable de los temporeros de la fresa. Antonio, el hermano del patrón, les presentó en la temporada de 2004. Mario formaba parte de una experiencia piloto de contratación en origen de colombianos, poco habitual por el coste del viaje. Leti vino a echar un jornal a la finca. Mario se fijó en ella y volvieron a coincidir en una fiesta de inmigrantes organizada por la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG). “Le pedí si le podía llamar”, recuerda Mario.

A partir de aquí, la vida itinerante de una pareja de jornaleros extranjeros. Unos meses en Cataluña, él con la campaña de la manzana y la pera y días sueltos en la construcción, y ella trabajando de asistenta. Vuelta al país de origen. Relación telefónica. Y, de nuevo, Huelva como destino con el contrato de trabajo en la mano. Meses arriba, meses abajo, llevan casi dos años conviviendo en un piso alquilado por 400 euros en Palos de la Frontera y se sienten “muy integrados” en el pueblo. “Tenemos muchos amigos españoles y también polacos, ecuatorianos, portugueses y morenitos” que es como Mario llama a los inmigrantes senegaleses que trabajan el campo. Él ahora trabaja como tractorista en la finca de Enrique y Leti, como fresera en una finca aledaña, de siete de la mañana a dos y media. Sus aspiraciones hoy son las mismas de muchas parejas jóvenes: comprar un piso, esperar a tener niños, disfrutar de las playas de Huelva y prosperar en un futuro ligado a España. Mario quiere regresar pronto a Colombia a visitar a sus padres “que están viejitos, pero no por trabajo porque allí no pinto nada”.

Idénticos deseos tiene Lucica Ciubotariu, de 40 años, una de las 12.000 rumanas temporeras en la provincia de Huelva, y pareja de un sevillano de La Lantejuela. Lucica lleva seis años haciendo la fresa y cuando la recogida termina en junio trabaja la cosecha de la patata y la aceituna. Desde hace tres años convive con Manuel Ferrera, hermano de uno de los encargados de su campo. Dice de él que es “un hombre bueno” y que cuando está fuera ella le espera en casa y limpia. Lucica, separada y madre de dos hijos de 19 y 23 años, es una de esas mujeres del Este que han rehecho su vida en España.

Tras una temporada de la fresa, algunas prefieren no regresar a su país. Están casadas o son parejas de hecho de algunos lugareños y, en su día, fueron acusadas en masa de llevar una vida licenciosa. Hoy, pasean por el pueblo con naturalidad, llevan a sus hijos al colegio y compran en el supermercado donde, por ejemplo vive Paqui Ramos, vecina de Almonte. “Yo he trabajado la fresa durante muchos años, y sé lo duro que es eso. Hace ya 12 años que no hago la campaña. Al principio se montó mucho revuelo con las chicas que llegaban y se opinó mucho de las relaciones con los hombres de aquí. Pero hoy es ya todo más natural. Tengo muchos conocidos que están casados o viven en pareja con estas chicas y han tenido hijos que van al mismo colegio que mi niño. No todo es interés”, opina. Eduardo Domínguez, secretario de organización y responsable regional del Área de Migraciones de la COAG tiene una visión parecida. “Se habló de no sé cuántos casos de infidelidad en Huelva, de una ola de divorcios por las polacas, pero el que se separó es porque ya estaba mal en su matrimonio de antes. No es para tanto”, comenta Domínguez.

Babel en el campo

Todo lo que existe en la sociedad cotidiana se traslada a la minisociedad intercultural que se establece entre los 70.000 trabajadores directos que este año emplea la campaña de la fresa, unos 32.000 extranjeros contratados en origen y el resto, nacionales. Después del trabajo, conviven, en grupos de cinco o seis y normalmente por nacionalidades, en alojamientos habilitados por el agricultor en la misma finca. En meses de trabajo y vida surgen roces en la convivencia, casos de abusos pero también relaciones de pareja y asombro por las tradiciones del otro. “Los morenitos me cuentan que en su país los hombres pueden tener hasta cuatro mujeres en casa. A más dinero, más mujeres. No lo entiendo”, cuenta atónito Mario, que dice de su novia que es “muy ordenada, lleva la casa bien, cocina rico y es muy cariñosa”.

Mario llegó a Huelva por primera vez en 2002 pero desde finales de los 90 ya había numerosos extranjeros trabajando en el campo onubense. Cuando el número de jornaleros nacionales empezó a mermar por el auge de la construcción, se empezó a contratar de manera masiva y, poco a poco, regulada a inmigrantes no comunitarios, principalmente a mujeres.  “Son más dóciles y no tienen tantos problemas de convivencia. Además se adaptan mejor a un trabajo de estas características”, es decir, a estar doblada en un ángulo de noventa grados durante horas, dice Eduardo Domínguez. Entonces, la mayoría de freseras eran de Polonia, y por extensión a todas las que hacían la fresa se las llamaba polacas. Desde la incorporación de Polonia a la Unión Europea, en mayo de 2004, muchas de ellas abandonaron el campo para ocupar otros empleos. Hoy son otras mujeres del Este, además de marroquíes y senegalesas, las que recogen la fresa de Huelva.

Con 13.000 mujeres, las “marroquinas”, que es como muchos en el campo onubense conocen a las que llegan del norte de África, forman este años el grupo más numeroso de temporeras. Le siguen rumanas, 12.000; 4.000 polacas, 3.000 búlgaras y una minoría de ucranianas, senegalesas y filipinas.

Entre las que se estrenan en el campo este año está Svietta, una ucraniana de 30 años que deja en su país marido y una familia a la que manda su salario “nada más entrar en banco”, explica en un español escaso y prácticamente inaudible. Es tímida. Le sorprende que el objetivo de una cámara le mire mientras se dobla igual que lo hacen las 36 mujeres que trabajan en la explotación de Enrique Rojas. Es licenciada en Medicina pero Enrique no lo sabe. Aquí no vale el título universitario. Lo que cuenta es recoger una media de 60 cajas diarias, fresa a fresa, una a una, por unos 35 euros al día. “Allí en los hospitales pagan muy poco”, justifica  Svietta.

Ésta es también la primera campaña para las filipinas que, en su mayoría, trabajan en las explotaciones freseras de Almonte. Son las primeras de Filipinas en Huelva gracias a uno de los últimos de Filipinas. José Jiménez Berro, un joven campesino almonteño, se refugió en una remota iglesia de un pueblo llamado Baler defendiendo junto con otros soldados los últimos resquicios del Imperio español. No había remedio. Se perdió Filipinas y también Cuba. Era el desastre del 98. Por esta gesta con final infeliz pasó a la Historia. Y en memoria de aquello se ha acordado la contratación de un contingente de filipinas para la campaña de la fresa. Si el agricultor queda contento con su trabajo, y con el del resto de mujeres que trabajan en su finca, las solicita para el año siguiente.

El trabajo es duro y muchas llevan fajada la cintura para evitar contracturas pero en la fresa, el trabajo de recolección hay que hacerlo a mano. Para mujeres procedentes de países de economías muy por debajo del núcleo duro de la vieja Europa, el sueldo neutraliza los intensos dolores. Para Lucica, lo que gana en una campaña aquí es el sueldo de un año en Rumanía; para una filipina, lo que gana en la fresa es casi el equivalente de dos años de empleo en su país. Si deciden no volver a su país, las razones nunca se escribirán en los libros de Historia.

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