CRISIS PESQUERA

Hierve la almadraba

  • Los almadraberos de Cádiz sobreviven a la agonía del atún rojo como único arte de pesca sostenible. El preciado túnido vive una temporada crucial: si no hay síntomas de recuperación, se cerrará su pesquería

Cinco robustas barcazas y varios botes de remos rodean a mediodía el cuerpo central de la almadraba Cabo de Plata, en Zahara de los Atunes, a apenas un kilómetro de la playa de Barbate. Hasta 60 marineros, capitaneados por el onubense Joaquín Pachecho, se reparten expectantes a lo largo de las bordas y mantienen la vista fija en el centro del cuadro a la espera de alguna señal en el agua. Los buzos llevan más de diez minutos sumergidos para comprobar si los gigantes atunes rojos han llegado hasta el final de la trampa tendida por los pescadores en Cádiz este año como los últimos tres mil. Pero no hay movimientos. “Así estamos, con la ansiedad y el miedo en el cuerpo de ver si viene o no viene”, farfulla el capitán sin mover la mirada de la superficie. Ayer hubo levantá en Zahara, una valiosa captura de más de 250 ejemplares, y aún se dejaron escapar varias decenas para intentar recuperarlas este jueves de mayo. El barbateño Luis Bernal, de 61 años, cuchichea en cubierta: “Fú. Está la cosa chunga… Esta gente está sobreaviso: es como si tú pasas por una calle y te dan un montón de palos… ¿Vuelves a pasar otra vez?”.

Calcadas plantillas juegan al engaño con los peces al mismo tiempo en Conil, Barbate y Tarifa. Son las cuatro grandes almadrabas supervivientes en España, los restos de una pesquería tan amenazada de extinción como el propio atún rojo. Este mes están en plena campaña, a cara o cruz, como siempre, disputando una partida de incertidumbres en la que una media de 14 lances como el de esta mañana determinarán los resultados de todo un año. Es el tributo del mar antes de que los peces “dejen de correr” por el complejo laberinto de redes gaditanas en su migración hacia el Mediterráneo.

Las primeras levantás de esta temporada fueron decepcionantes y amenazaron a la flotilla artesanal con otro año de penuria. Redes vacías equivalen a ruina, y Barbate es experto en ambas cosas. “Setenta atunes nosotros, y las demás no estaban mucho mejor… Había que ver las caras de la gente”, recuerda tres semanas después, aliviado, Diego Crespo, presidente de la Organización de Productores Pesqueros de Almadraba OPP-51. La suerte ha cambiado.

Fuertes rachas de viento del suroeste han empujado a los peces al Estrecho y han animado la faena. Las almadrabas superan ya las 5.500 capturas y los ejemplares alcanzan los 170 kilos de peso medio. Gran tallaje. “Es imposible predecir qué va a pasar”, explica Crespo, pero la temporada tiene una pinta aceptable, en la estela de la del año pasado, cuando la almadraba superó los 8.000 atunes y duplicó los ingresos de los funestos 2005 y 2006. En cualquiera de los casos, el balance final de esta primavera estará muy lejos de los 15.000 atunes del año 1997, y ni siquiera atisbará el tope de 70.000 ejemplares de los tiempos gloriosos de la chiclanera almadraba de Sancti Petri. “En los 80 hacíamos tres levantás al día. Era no parar”, añora el capitán Pacheco, que cumple 34 temporadas enredado. Los bancos de atún no paran de menguar.

“¡Mueve el fooquee!, ¡Domingo, Paco, mover el foque más hombre, que vamos a tener que poner una máquina para que lo haga!”, vocifera el capitán de Cabo de Plata. A 100 metros, en la cámara –la entrada de la perfecta red rectangular que enjaula a los peces–, los dos tripulantes de una barquilla sumergen unas lonas blancas para asustar a los atunes y acorrarlarlos en el copo, el final de la trampa. El mar está tranquilo. Es el reparo de mareas, el momento propicio para la faena. Pero no hay señal de los ranas. Algunos días los barcos vuelven a puerto con las bodegas vacías. Hoy le va a ocurrir a otra almadraba, la de Tarifa. Al norte, los pescadores de Barbate y Conil, que han levantado sus redes más temprano, sí se han mojado, avanza Crespo, que no suelta el móvil.

Éste es un año crucial para el atún y para los que viven de su captura. El plan de conservación de la especie aprobado en 2007 por la Iccat (Comisión Internacional para la Conservación de los Atunes del Atlántico) debe ofrecer sus primeros resultados. La iniciativa establece medidas para limitar las posibilidades de pesca de una flota sobrecapacitada, que durante los últimos años ha pescado tres veces más del volumen necesario para garantizar el futuro del stock, según los científicos de la Iccat.

La legislación decreta reducir las capturas, prolongar las vedas y aumentar la talla mínima desde los 10 hasta los 30 kilos para asegurar que los peces cumplen su ciclo vital. También prohíbe el uso de avionetas para localizar los cardúmenes por parte de los grandes cerqueros, capaces de levantar mil ejemplares por lance, y establece sistemas de inspección para que los buques declaren toda su pesca y para que no puedan transbordarla a barcos de otros pabellones a fin de sortear los cupos. Todo vale en la guerra del atún.

Por ahora las medidas de la Iccat no han pasado de los despachos. La organización WWF/Adena denuncia que el plan no ha conseguido evitar ni la sobrepesca ni el blanqueo de capturas. “El atún rojo no puede seguir dirigido por el mercado, liderado en muchos países por mafias. Lo que hace falta y de forma urgente es una gestión responsable con base científica”, advierte Raúl García, responsable de pesquerías del colectivo ecologista.

La propia Comisión advierte de que, en la revisión del plan prevista en noviembre, aplicará medidas más duras para intentar solucionar la mayor crisis del atún rojo. Sus científicos se reunirán antes, en julio, para analizar la situación de la especie. Ya han adelantado que estudian proponer el cierre la pesquería, al menos para las depredadoras flotas industriales.

Desde Cádiz, los pescadores andaluces siguen con máximo interés todos los movimientos de la Comisión atunera. Los límites a las capturas para 2007 dejan a España un pastel de pescado de 5.568 toneladas, de las que 1.417 corresponden al sector almadrabero. Después de conocer el nuevo tope, empresarios locales han abandonado el histórico proyecto para calar la almadraba de Sancti Petri, la quinta. “1.350 toneladas es lo mínimo necesario para rentabilizar las cuatro almadrabas, y ahí es donde nos han dejado. No tiene sentido aumentar el negocio cuando lo que estamos haciendo es luchar por su supervivencia”, se resigna Crespo.

El presidente de la agrupación almadrabera exige el cumplimiento del plan de la Iccat, pero opina que la solución para el atún rojo no está en señalar límites “que después se van a incumplir”, sino adecuar la capacidad pesquera del Mediterráneo a los recursos existentes: “La flota no puede estar por encima de la capacidad del mar. Es como tener el escaparate de un comercio de oro y plata sin cristal”.

En las aguas de Zahara, la joyería se ha abierto. Por fin. Un buzo ha tirado de la cuerda que le une a un bote. Los peces están dentro. El capitán almadrabero pita sin parar con su silbato; los marineros gritan y se arengan; sube la adrenalina y los 50 brazos a bordo de la sacada levantan una red en forma de cortina para terminar de encerrar a los atunes en el copo.

“¡Red fuera!, ¡red fuera!, ¡seca, seca, secaaaa!”. Los mismos hombres, a los que se une la fuerza de otros 30 repartidos en las embarcaciones, van recogiendo la red situada en el fondo del mar como si de un enorme colador se tratase hasta dejar a los peces casi sin agua. “¡Buena levantá!”, se alegra Crespo entre el griterío.

Las barcazas apenas están separadas por unos pares de metros, y en el centro el mar hierve. Ruido, agua y espuma. El hombre contra el mar. Los gigantes plateados reparten aletazos intentando escapar de su agonía. Pero es tarde. Los copejadores de agua ya están en la red.

En Cabo de Plata no hay garfios para levantar a los atunes hasta los barcos, como en otras almadrabas, y por eso el espectáculo es menos sangriento. Los copejadores los enganchan con sogas por sus colas de aletas amarillas, y tres grúas empiezan a sacar a destajo peces agonizantes pero aún fuertes a la cubierta de la testa, la embarcación que almacenará la mayor parte de las capturas. Sobre la madera de la barcaza, varios marineros se pelean cuerpo a cuerpo con atunes que triplican el peso de un hombre. “¡Rafael, ni un pescado en cubierta, ni uno!”, ordena el capitán. Y un joven pescador va de un lado a otro, saltando de atún a atún, para desangrarlos con un incisivo golpe de puñal.

Los gritos de 60 hombres, que no han parado desde que empezó la levantá, se amplifican durante unos segundos. El capitán ha dado una regalía: 40 euros por cabeza. Tradicionalmente Joaquín tiraba la gorra al copo. Ahora pregona las gratificaciones, que dependen de la captura, y son alegría en las nóminas de los almadraberos. Los 400 trabajadores gaditanos y onubenses de esta industria artesanal viven bien. Duermen en casa. Ya es una ventaja con respecto a los sufridos compañeros de la flotilla de cerco.

Trabajan seis meses e ingresan porcentajes por captura, horas extraordinarias y pluses de antigüedad además de su nómina. Un marinero puede llevar a casa una media de 1.500 y 1.800 euros al mes. El resto del año, cuando no hay tareas en el armado (tierra), en el calamento (en la mar) o en el copo, echan mano del paro o buscan trabajos alternativos. A Antonio Varo, el más joven del plantel a sus 23, la faena atunera le “da para vivir”, para comprarse “su cochecito”: “No me sobra pero vivo. A muchos jóvenes de Barbate les gustaría trabajar aquí, pero es muy difícil entrar. No se crean puestos y los que hay, se heredan. No es como la traíña, que no la quiere nadie”, expone el barbateño.

El precio medio del atún gaditano en primera venta es 11 euros el kilo. Después de media hora de éxtasis pesquero, la almadraba de Zahara tiene 204 grandes atunes que pesar. Todas las barcazas regresan a puerto salvo una, que transporta la mitad de la captura directamente a un buque japonés fondeado a apenas un par de kilómetros de la pelea. El país asiático, que exporta la pasión por el pescado crudo, se come la mayor parte del mercado mundial del atún. En Tsukiji, la carne roja de almadraba andaluza es un manjar muy cotizado. Es la lonja de Tokio, la mayor del mundo. Una de sus campañas publicitarias recuerda y avisa: “Vivimos en el planeta que tiene mar”.

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