LA CESTA DE LA COMPRA

Freno al consumismo

  • La subida del precio de los alimentos básicos, en especial el pan y la leche, es el último golpe a las economías familiares tras el alza de los hidrocarburos y del Euríbor. Los andaluces comienzan a cambiar los hábitos a la hora de hacer la compra, afrontar grandes gastos o emplear el tiempo de ocio

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La última cosecha del cereal en Australia ha sido bastante mala. Y eso ha encarecido el precio del pan en los mercados de Sevilla, Cádiz, Córdoba, Huelva y el resto de provincias de España. La globalización ha alcanzado hasta este punto al sector alimentario, que en estos últimos meses se está enfrentando a una de las mayores crisis de las últimas décadas. Y no sólo por la insuficiente producción de algunos de los países productores, como Australia. También por la creciente demanda de zonas emergentes y superpobladas como India y China. Es un efecto en cadena: los habitantes de estos países consumen cada vez más productos cárnicos y el cereal es el ingrediente fundamental del pienso con que se alimenta al ganado. Consecuencia: sube el pan, suben muchos tipos de carne y sube la leche, tres de los elementos esenciales de la dieta. Y si la producción necesaria para abastecer a estos territorios es menor, la crisis está servida.

La subida del precio de los alimentos, que ya sufren los hogares, se suma a las continuas alzas del Euríbor, el índice del crédito hipotecario mayoritario, y al por ahora imparable ascenso de los hidrocarburos. Las economías familiares, cada vez con menos recursos, se aprietan el cinturón. Loli Ramos, Rosa Andamoyo y Ana María Ortega son miembros de la Asociación provincial de Amas de Casa Virgen del Rosario Consumidores y Usuarios, con sede en Cádiz. Las tres pasean por un hipermercado y reflexionan sobre su situación. “En Navidades te haces a la idea de que todo sube. Luego llega la cuesta de enero y, cuando ya creías que ibas a recuperarte, ves que ya no se puede porque todo sigue subiendo”, dice Loli Ramos. La situación llega al extremo de que un carro de supermercado “ya no baja de 40 ó 50 euros mensuales, que son 8.000 pesetas”, dice Rosa Andamoyo. Un dato que ha contribuido a que la cesta de la compra de una familia media pase de seiscientos a ochocientos euros mensuales. María Ortega, por ejemplo, lleva dos cuentas: una para la comida, de doscientos euros semanales, y otra para el resto de gastos. “Antes el sueldo daba para llegar al día 20 bien, pero ahora no pasas del 15”, afirma Loli Ramos, que siempre que puede recurre a las ofertas. Éste es otro efecto de esta crisis: los supermercados, para mantener la demanda, se han lanzado a publicitar múltiples fórmulas de descuento. Según estas expertas amas de casa, eso puede suponer un ahorro de quince euros de media en cada compra.

Las tres coinciden en que el impacto sobre el mercado de esta inflación alimentaria obligará a retornar a costumbres alimenticias pasadas. “Hemos acostumbrado mal a nuestros hijos y ahora tenemos que enseñarles a valorar la comida”, asegura Ana María Ortega, que augura un regreso a la barra frente a la viena, o del puchero frente al filete y el bocadillo, y cree que se comprará fruta menos variada, más pequeña y por tanto más barata. También piensa que el ciudadano tenderá a controlar el consumo del pescado frente a la carne, ya que el primero “está muy caro, y además es sólo un segundo plato”.

Cereales, harinas, pastas, margarinas, mayonesas, cervezas y arroces.  A juicio de Manuel Barea, presidente de la Confederación Andaluza de Empresarios de la Alimentación, éstos son los alimentos que más están sufriendo las consecuencias de la crisis en Andalucía. “Entre otras cosas es por la producción de biocombustibles. Al menos ésa es la explicación que nos dan a la hora de vender. Así el agricultor se hace fuerte, porque puede vender su producción para otros usos”, afirma este empresario, que representa al sector mayorista. Más caldo de cultivo para la crisis: el sector energético recurre al cereal como materia prima con la que generar combustibles presuntamente limpios con el medio ambiente. El relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, Jean Ziegler, llegó a pedir hace unos días una moratoria de cinco años para esta producción, porque, literalmente, está contribuyendo a aumentar el hambre en el mundo, al emplear tierras de cultivo para este fin. La Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) admite una “cierta influencia” en la crisis, pero no fundamental. Y añade que sólo es especialmente significativa en países concretos como Brasil. Según un informe de la Comisión Europea, el año pasado sólo el 2% de la producción de cereales se destino a fabricar bioetanol, un porcentaje que en España sube a algo más, el 5%.

Aún hay una causa más de esta carestía de la cesta de la compra: la especulación. Antonio Rodríguez, un ganadero malagueño de 37 años, posee unas seiscientas cabras en el municipio de Cedella, en la Axarquía. La leche que produce no es mayoritaria para el consumo humano, pero es fundamental para la elaboración de cualquier queso. Tiene, por tanto, una buena salida al mercado. Pues bien, hace sólo un año y medio compraba el pienso a unas 35 pesetas el kilo. Ahora lo hace por 55. “Y seguimos vendiéndola al mismo precio que antes a los intermediarios. Yo vendo seis litros de leche, la cantidad necesaria para hacer un queso, a 3,2 euros y en el mercado vale doce. Y sigue subiendo”. Los productores se quejan de que, en sectores como el de la leche, apenas haya competencia en el sector de la distribución, lo cual hace que los intermediarios puedan fijar precios más baratos en origen y encarecerlos en destino. La organización de consumidores Facua denunció el pasado mes de agosto, ante la Comisión Nacional de la Competencia, un acuerdo entre las principales marcas de lácteos para subir el precio de la leche. Entre ese mes y noviembre del año pasado soportó un incremento medio del 26,4 por ciento. Según las estimaciones de Facua, las marcas más baratas pasaron, en lo que se refiere a leche entera, de 0,50 a 0,69 euros el litro y las más caras de 0,89 a 1,05. Desde diciembre, el precio de este producto se mantiene más o menos estable.

Sea por la creciente demanda, por el uso de cultivos para generar combustibles o por la especulación en la cadena de distribución, lo cierto es que suben cereales, pastas, margarinas, mayonesas, cervezas y arroces. Y el aceite de girasol. Pedro Rubio, presidente de la Asociación Nacional de Industriales Envasadores y Refinadores de Aceites Comestibles, asegura que los precios se han disparado hasta un 40%, fundamentalmente por el crecimiento económico de India y China. Sin embargo, y a pesar de que el aceite de oliva se mantiene estable por la buena cosecha, las ventas no disminuyen, a falta de saber las consecuencias de la crisis de la semana pasada. Según Rubio, esto se debe a “una capa de clientes muy fieles”, pero Álvaro Guillén, director de Comunicación de Acesur, una de las principales empresas del sector, aporta un matiz: “En la coyuntura actual el efecto de la crisis se nota sobre todo en la hostelería, donde se opta por los aceites más baratos”.

Mariano Ramírez tiene 36 años y regenta la bocatería y restaurante La Tahona, en el centro de Almería. Afirma que la crisis le ha llegado, pero no tanto como se difunde desde los medios de comunicación. “Aquí aguantamos hasta final del año pasado sin tocar la carta, pero entonces llegó la subida del pan. A pesar de ser uno de los alimentos base, mantuve el precio en la barra y subí diez céntimos el del servicio de mesa”.

En otro punto de Andalucía, Jerez, Francisco José  Pruna atiende todos los días a sus clientes en su puesto de fruta del mercado. Él sólo sabe que hace años compraba su producto, todos los días, a cien mil pesetas en Mercajerez y ahora lo hace a 1.000 euros. Cuando se le pregunta por la crisis, lo primero que se le viene a la cabeza es lo siguiente: “La fruta viene en camiones y el gasoil es más caro”. De los grupos de precios que maneja el Instituto Nacional de Estadística para elaborar el IPC, el que más ha crecido en los últimos cuatro años es, junto con el de la vivienda, el del transporte, un 22,4%. Rafael Apelluz, de 44 años, es empleado de la gasolinera de Repsol más céntrica de Huelva, junto al centro comercial Hipercor. Este tipo de establecimientos funcionan como termómetros de la realidad social. “Todos los días tengo que cambiar los precios de la gasolina, y eso es imparable. Vamos cuesta abajo y sin frenos”, relata apesadumbrado Apelluz, quien añade un detalle microeconómico de esta crisis del consumo: “Los que antes venían con billetes para que les llenaras el depósito ahora sacan la calderilla del bolsillo y van echando de diez en diez euros”.

Otro dato: el aumento de casos de personas que se suministran la gasolina en el autoservicio y se marchan sin pagar o se echan más litros de lo convenido.  ¿Consejos? “Que llenen el depósito cada vez para salvar la subida continua del precio y así ahorrar y que dejen de comprar vehículos de gasoil”, dice Apelluz. Es la ley del péndulo. La creciente demanda del diésel, rentable cuando el combustible estaba barato, y la mayor dificultad para obtener este producto por parte de las petroleras, son las causas del cambio.

Los economistas saben que tan dañina como la inflación es la deflación, la bajada de los precios. Y ésa es la tendencia hacia la que se dirigen el sector inmobiliario y el del automóvil. Respecto al primero, en el último trimestre, el coste de la vivienda libre en toda España subió un 0,8%, muy por debajo del 4,5 del IPC. +

En Andalucía, el crecimiento fue superior, del 2,6%, motivado por la inercia constructora tras varios años de un boom mayor que en el resto del país y por el tirón del litoral. Aún así, los precios siguen estando por las nubes. Desde 2004, el crecimiento ha sido del 22,9%. El índice al que están referenciados el 95% de la de las hipotecas, el Euríbor, es ahora el más alto de los últimos ocho años, del 4,82%. Si la tendencia sigue así, los créditos podrían subir entre 650 y 1.150 euros al año. Y el gasto familiar destinado a la vivienda sigue creciendo: un 46,2%, tres puntos y medio más que en 2007.

Con este panorama, es lógico que haya descendido de forma drástica la demanda de vivienda. Y que la imagen social cambie. Ya no es posible ver varias inmobiliarias por calle, pero el mercado, aunque sin tanta fuerza, sigue ahí. Carlos Rueda es el delegado en Málaga del portal idealista.com, dedicado a la venta de inmuebles.  Al no necesitar un espacio físico para funcionar, con el gasto que ello conlleva, el negocio ha sobrevivido con holgura. Es más, Rueda asegura que “en los últimos seis meses ha habido un aumento de un 48% en las búsquedas de vivienda por internet”, un medio que parece sustituir en parte a la inmobiliaria tradicional.

Otro negocio que evoluciona es el del automóvil. La compra de coche nuevo cae en picado, con un descenso del 5,8 por ciento en marzo respecto al año anterior. En general, los gastos que suelen requerir de financiación, entre ellos el del vehículo privado, están sufriendo una merma, por la reducción del poder adquisitivo de las familias y también por la rigidez bancaria a la hora de conceder créditos. Rafael Fernández es un joven cordobés que posee un concesionario dedicado a la compraventa. En su empresa, el cliente elige modelo, color y equipamiento y él se encarga de buscar el coche al mejor precio posible. El sistema le ha permitido sortear la crisis, pero no se ha librado de un leve descenso de las ventas. “Tenemos que ofrecer más ventajas, para que los clientes se decidan a comprar. Nuestro objetivo es que la gente tenga confianza a la hora de comprar un coche de segunda mano porque tiene todas las garantías”. ¿Efectos de la desaceleración? Uno paradójico: “Antes se pagaba de una vez y ahora se tienen que pedir préstamos”.

En los concesionarios de vehículos nuevos, triunfan los de baja gama y los ecológicos, gravados con menos impuestos. “La fabricación de coches comienza a hacerse tres años antes de su venta, por lo que es difícil calcular el comportamiento del mercado. Lo que ha ocurrido es que se ha generado mucho stock; el año pasado sufrimos mucho y ahora estamos algo mejor”, señala Francisco Salazar, vicepresidente de Faconauto, la organización que agrupa a los concesionarios. Los coches que cuestan entre 25.000 y 35.000 euros, grandes beneficiados de la etapa de bonanza, son ahora los  perjudicados.

Todo encaja. El Euríbor sube y no se conceden créditos con tanta facilidad. No hay dinero para lujos y, para más inri, la parte de la nómina destinada a la alimentación también es mayor. Los cambios en los hábitos de vida están servidos.

Con la colaboración de Ángel Recio (Málaga), Raquel Rendón (Huelva), Anabel Calero (Córdoba) y María José Uroz (Almería).

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