Opinión. autopista 61

Amor de madre

Me gustaría saber si los legionarios y los atracadores de bancos –no pretendo establecer ninguna relación entre ambas actividades– siguen tatuándose el brazo con aquellas letras góticas, por lo general de color escarlata, que proclamaban a los cuatro vientos: “Amor de madre”. Aquellos tatuajes debían de ser una especie de conjuro, porque los legionarios y los atracadores –cuando uno hacía averiguaciones– habían tenido una infancia bastante desgraciada, sin una madre que los protegiera y los cuidara. Y cuando necesitamos de verdad a alguien –como dice Philip Roth–, todos quisiéramos tener a nuestra madre a nuestro lado. Habrá excepciones, por descontado, y supongo que un chimpancé o un robot japonés podrían hacer el papel de madre tan bien o mejor que Anita Obregón, por citar a la primera madre famosa que se me ocurre. Pero en general, una madre de verdad no tiene un sustituto adecuado, ni siquiera el mejor y más entregado de los padres.

El amor de una madre es uno de los mayores misterios de la naturaleza humana. ¿Qué es lo que impulsa a un ser racional a abandonar todo interés propio y a concentrarse en la criatura molesta y chillona que le exige una dedicación constante durante los primeros dos o tres años de vida? ¿Qué la impulsa a renunciar al descanso y a las distracciones? ¿Y qué clase de vínculo une a la madre con su hijo, un vínculo que perdura más allá de la separación y del tiempo? Si esa fuerza anímica se pudiera medir, igual que se mide la intensidad de una radiación nuclear, estoy seguro de que el amor de madre sería mucho más poderoso que cualquier arma que hayamos inventado en estos últimos años. Y eso hace que los varones, por mucho que nos empeñemos y por mucho que queramos a nuestros hijos, no podamos ocupar el lugar de una madre. Hay algo –no sé si genético– que nos impide desempeñar el mismo papel. Quizá podamos conseguir que nuestro hijo esté seguro y bien cuidado, pero nunca llegaremos a la misma intensidad de afecto y de entendimiento silencioso.

Aunque no esté de moda decirlo, el amor de madre es una de las mayores causas de cohesión social. Si una madre no está en su sitio cuando su hijo la necesita, ese niño quedará dañado para siempre y se convertirá en un tipo peligroso al que todo le importe un bledo. Y si los adultos se comportan con un mínimo de decencia, es porque alguien les ha enseñado a comportarse así cuando eran niños. Y eso hay que decirlo, aunque suene anticuado o sensiblero. O justamente por ello.

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