En libertad la sanluqueña acusada de matar a su esposo a puñaladas

  • Manuel Gil, de 55 años, murió en la bañera desangrado tras recibir 68 golpes con un cuchillo y unas tijeras · La Policía no cree que, como dice ella, se suicidara · La jueza la deja en libertad con cargos

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La Policía Nacional de Sanlúcar ha detenido a una mujer de 50 años, Caridad M.C., como la presunta autora de la muerte de su marido, Manuel Gil Palacios, de 55 años, a puñaladas. Manuel Gil apareció muerto la noche del miércoles, 9 de enero, en la bañera vacía de su domicilio, en la sanluqueña calle Descalzas, número 16, cosido a puñaladas realizadas con un cuchillo de cocina y unas tijeras de pescado. 68 impactos presentaba en todo su cuerpo, algunos de los cuales le interesaron órganos vitales, aunque murió desangrado.

Lo sorprendente del asunto es que, en un primer momento, el forense que se personó en el domicilio de la pareja (que, entre noviazgo y matrimonio, sumaba 35 años de convivencia) sentenció que se trataba de un suicidio. Así lo había manifestado la esposa. "Atípico pero es un suicidio", diría el galeno a la jueza de guardia y a la Policía. Fue al día siguiente, el jueves al mediodía, cuando los patólogos del Instituto de Medicina Legal de Cádiz que practicaron la autopsia al cuerpo comunicaron a la Policía y a la jueza al cargo del caso que sin ningún género de duda se trataba de un asesinato. Eran muchos los detalles que sustentaban esta hipótesis. El mero hecho de la utilización de dos armas (el cuchillo y las tijeras), la cantidad de puñaladas recibidas (nada menos que 68, visibles muchas antes incluso de retirar y limpiar la numerosa sangre que cubría el cadáver) y sobre todo, la distribución de esos pinchazos por el cuerpo: En cuello, torso, con trayectorias de asestamiento externo, no compatibles con autolesiones, y en las manos, evidenciando un intento de defenderse de las puñaladas.

La Policía Nacional inició entonces una investigación que culminaba la tarde del sábado con la detención de la mujer, quien ayer al mediodía fue puesta a disposición judicial. La jueza, a última hora de la tarde, decidía dejarla en libertad con cargos.

La Policía tuvo claro desde el principio que la autoría del crimen debía corresponder a alguien del entorno más cercano, que hubiera accedido al domicilio con llaves (la cerradura no había sido forzada ni había puertas ni ventanas violentadas). Manuel Gil Palacios vivía con su mujer y su hijo, guardia civil de profesión, quien, en el momento de la muerte, se encontraba fuera de la localidad, realizando unas compras, extremo que habría sido confirmado por la Policía.

Era el testimonio de la mujer, que fue quien precisamente vio por última vez con vida a Manuel y la que halló el cadáver, el que, a juicio de la Policía, presentaba múltiples contradicciones. La mujer sostiene que su marido se quitó la vida, y que ella lo halló en la bañera. Que intentó reanimarlo, y que por eso le sacó el cuchillo y las tijeras, que tenía clavados en el cuerpo. Y al hacerlo, sufrió varios cortes en los dedos. Pero no tenía la ropa manchada de sangre. Comenzó a gritar para alertar a los vecinos saliendo al descansillo. Y un vecino le quitó de las manos las armas.

Además, la esposa, según ha podido saber este diario de fuentes cercanas a la investigación, ha asegurado que se ausentó del domicilio a las ocho y media de la tarde, media hora antes de la hora en la que los vecinos, tras dar ella la voz de alarma, avisaron a la Policía (casi a las nueve de la noche) porque se lo pidió su marido.

Manuel, que trabajaba en la viña, hacía un año que había dejado de hacerlo porque se encontraba muy delicado de salud. Sufría ataques epilépticos y hacía una semana que no salía de casa y apenas probaba bocado. Según habría manifestado la mujer, la víctima le pidió que fuera a la calle a comprarle pan a un bar y luego que fuera a ver a una vecina que le había dicho que quería verla. Compró el pan, y en casa de la vecina, sufrió una bajada de azúcar. Ésta le dio un vaso de agua y cuando se recuperó, fue a su casa, hallando a su marido ya muerto en la bañera.

Pero esa vecina, según ha podido saber este diario, ha negado que le dijera al marido que quería ver a la mujer. Y otra vecina afirma que a las ocho de la tarde, media hora antes de que ella fuera a por el pan, escuchó voces pidiendo auxilio en la casa. Caridad, por su parte, insiste en que su marido se quitó la vida. Ha dicho que, en el momento de hacerlo, se llevó al baño fotos de su hija y del día de su boda. Pero cuando el cadáver fue levantado, no había foto alguna allí. Y ella ha admitido que no se las llevó del baño.

Un caso sin duda extraño para el que en principio nadie atisba móvil alguno: era una matrimonio que no parecía tener problemas de convivencia.

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