Cuando mi casa es un camión

  • La historia de Joaquín Montaño, vecino de Las Pachecas, que tuvo que abandonar su casa tras inundarse por completo en la primera riada de diciembre · Desde febrero duerme todas las noches en un tráiler.

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Yo para ser feliz, quiero un camión,

llevar el pecho tatuado,

en camiseta mascar tabaco.

Yo para ser feliz, quiero un camión.

Yo para ser feliz, quiero un camión.

(Loquillo y Trogloditas)

Joaquín Montaño Conejo, 67 años, es hombre de campo. Toda la vida, hasta su jubilación, ha estado ligado a ese mundo. De hecho, todavía sigue cultivando en la parcela de 10.000 metros cuadrados que tiene junto a su vivienda en Las Pachecas. Sin embargo, se ha tenido que hacer 'camionero' a la fuerza. Todo se lo debe al maldito temporal, ese que inundó por completo la casa en la que vive desde el año 88. La riada del 96 le afectó, pero no tanto. Esta vez, el agua llegó hasta el techo. Desde entonces, Joaquín vive exiliado, porque a pesar de que las lluvias ya cesaron, el barro lo ha cubierto todo. Los dos últimos meses ha estado durmiendo en la cabina de un tráiler.

Todo comenzó aquella fatídica noche del 23 de diciembre. Empezaba a caer agua en cantidad en vísperas de Nochebuena. Los partes, además, no eran buenos. Efectivamente, siguió lloviendo y el Guadalete se acabó desbordando. La autovía a Los Barrios hizo de presa y el agua se empezó a acumular y a llenarlo todo. El 26 de diciembre Joaquín no tuvo más remedio que huir de su vivienda si no quería, literalmente, ahogarse. Lo dejó todo. Sus pertenencias, sus conejos, sus gallinas, su perro... Todos perecieron ahogados.

Las primeras ayudas que recibió llegaron desde Cáritas. Pasó cuatro noches en El Ancla, en el Mamelón, hasta que el Ayuntamiento se hizo cargo de él y lo mandó al albergue municipal, en la calle Cantarería. Allí sólo aguantó unos días. "El ambiente no era bueno. Había mucho indio", afirma. Así que regresó a Las Pachecas. Su amigo Pepe Galán, del mesón Los Cartujanos, -que también vivió cómo el agua inundaba su restaurante- le ofreció alojarse en la gasolinera adjunta, donde hacía noche junto a su mujer para no abandonar su negocio. Joaquín aceptó la oferta a medias, ya que "para no molestar", durmió en un coche. Del 12 de enero hasta el 16 de febrero. "Eso si que era una incomodidad", señala.

Joaquín podría haber acudido a su familia, pero no quiso ser una carga para ellos. Luce alianza, dice, "desde el año 67", pero no desvela si está casado, divorciado o viudo. No es hombre de muchas palabras. Y más ahora, cuando la desesperación le atenaza.

Después de ese largo mes durmiendo en el coche, sus amigos de la barriada hablaron con Quino, el propietario de la gasolinera situada junto a la A-381. Quino es propietario también de un tráiler. Le comentaron la posibilidad que había de que Joaquín pudiera dormir en la cabina y no dudó en ofrecérsela. Joaquín, como es lógico, aceptó. Eso era mucho mejor, desde luego, que dormir en las estrecheces de un coche. "El camión ya es otra cosa. Tengo espacio suficiente para poder descansar a gusto", indica.

Su vida diaria se basa ahora en la rutina. Se levanta temprano, "sobre las siete y media u ocho", y se marcha a la venta San Francisco, en la entrada a Las Pachecas, donde desayuna. Hasta la hora de comer, se entretiene, dando vueltas con su moto. Los vecinos le proporcionan ropa que, además, lavan. Si no come en casa de alguien, se va de nuevo a la venta, donde compra un bocadillo. Allí está, charla que te charla con los parroquianos del bar, hasta que cierran, cuando coge otra vez su moto para irse a Lomopardo, o a la peña de la barriada. Cuando le entra el sueño, vuelve al camión.

El 15 de abril tuvo un percance. Bajando del tráiler, se tropezó y cayó desde una altura de un metro y medio. Se dislocó la clavícula. Tuvo que llamar al 061, que acudió con una ambulancia para recogerlo. En el hospital estuvo cinco horas. Le colocaron un cabestrillo que dice "me dolió horrores".

Llegado el mes de abril, empezó a ver un poco la luz. Las cuadrillas de limpieza de las zonas afectadas por el temporal por fin pudieron entrar en su casa. La primera dificultad es cruzar la carretera de acceso, todavía casi impracticable. Una vez en casa de Joaquín, uno descubre que no exageraba ni un ápice. Una montaña de barro recibe al visitante. Junto a ella, una fogata sirve para quemar los muebles, completamente destrozados.

Empujando una carretilla, con más barro para descargar, llega Gabriel Jiménez, uno de los miembros de las cuadrillas. En la mañana que visitamos la casa, se encuentra con Antonio Sánchez. Hoy sólo son dos, aunque se han llegado a juntar hasta seis personas en días anteriores. Solamente en casa de Joaquín llevan nueve días. "Hemos recogido dos o tres mil kilos de barro. Era increíble cómo estaba esto. Es una lástima", comenta Antonio.

Efectivamente, dando una pequeña visual a los alrededores de la casa, uno se da cuenta de la magnitud del desastre. Lavadora, frigorífico, microondas, sofá... Lo que aún no se ha podido tirar luce esparcido por el suelo. En lo que parece el garaje de la casa, Antonio le da a la pala para seguir recogiendo barro, mientras señala hasta dónde llegaba. Un metro de altura, más o menos. El resto de la casa, sin embargo, ya luce mejor. Eso sí, no hay nada. Todo se lo llevó el agua. Joaquín echó los papeles para recibir las ayudas del Gobierno. "Hasta que no esté esto limpio y me amueblen la casa, no vuelvo", apunta. ¿Y si el año que viene vuelve a llover y a inundarse todo? ¿Merece la pena seguir aquí? Le pregunto. "Yo soy de campo y aquí me tengo que morir", afirma con rotundidad.

En ese momento llega Gabriel. Comenta que la persona que organiza las cuadrillas les ha dicho que en casa de Joaquín ya llevan muchos días y que tienen que ir a limpiar a otras zonas. ¿Tú te crees que esto es normal? Con todo lo que queda aquí y me dicen que hay que ir a Las Pachecas a quitar matojos..." A Joaquín no le sorprende nada. "Han venido a limpiar y casi ni me han dejado mandar. Ya no mando ni en mi casa", lamenta.

Detrás de su casa se encuentran las jaulas donde estaban sus animales. Viendo el estado en el que se encuentran, da escalofríos pensar la dolorosa manera que tuvieron de morir. Rodeando la casa se encuentra el huerto. Tres enormes olivos lucen muertos. Tanta agua nos les sentó bien. Salimos de su casa para ver el famoso camión, no sin antes cruzar un páramo al más puro estilo desierto de Mojave. Para subir al tráiler, un Renault, hay que subir a una altura de casi dos metros. Solo de pensar en ese tropezón de Joaquín, ya duele. Dentro de la cabina hay dos colchones, algo de ropa y elementos de aseo. No necesita mucho más. Comenta que en invierno no pasó frío, ya que "el camión resguarda bien de la humedad".

"Bueno, con esto ya tienes para contar, ¿no?" me dice Joaquín. Lo dejamos de nuevo en la venta San Francisco. Es la hora de comer. Loquillo cantaba que para ser feliz quería un camión. Joaquín, para ser feliz, quiere todo lo contrario.

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