la sierra olvidada | problemas estructurales y económicos lastran su economía

Vías de incomunicación

  • Alcalá del Valle, Setenil y Torre Alháquime luchan con una carretera que separa más que une

  • Los pueblos, azotados por el paro y la emigración, viven alejados de Cádiz

Llegar a Alcalá del Valle por carretera, una carrera de obstáculos. Llegar a Alcalá del Valle por carretera, una carrera de obstáculos.

Llegar a Alcalá del Valle por carretera, una carrera de obstáculos. / Ramón Aguilar

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En la feria del año pasado, el Ayuntamiento de La Torre, Torre Alháquime oficialmente, dio un inusual premio a 15 mujeres. Su mérito: haber sido madres, es decir, haber contribuido a que el pueblo "no muera" en palabras del propio alcalde, Pedro Barroso. En lo que va de siglo, este reluciente núcleo blanco en medio de un desfile de lomas verdes, al que la mayoría de los gaditanos no sabría situar en el mapa, ha encogido de unos 1.200 habitantes a poco más de 800. Que el padrón haya subido mínimamente gracias a su maternidad merece pues ese diploma a las madres.

La Torre comparte destino triangular con Alcalá del Valle (la misma pregunta: ¿dónde está?) y Setenil, aunque este último sea más buscado y localizado en Google Maps por su singular atractivo urbano y paisajístico. El sino común les viene a estos pueblos de unas carreteras que son más bien vías de incomunicación, de un paro enorme y se diría que insoportable, de una despoblación preocupante y de otra vía de viaje que es llamada más propiamente emigración. Y de una identidad a tres bandas que se debate entre la oficialidad de ser gaditanos y la realidad de vivir malagueños, o más propiamente, rondeños, allá en ese 'cuerno' de la provincia que se cuela en Málaga.

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Tres poblaciones blancas, cegadoras en este reluciente día, tan cercanas unas de otras que se diría que podrían alcanzarse andando las tres en una jornada, pero a las que unas anacrónicas carreteras distancian entre ellas mismas y alejan mucho más del resto de 'su' provincia.

"Estamos por lo menos a una hora de cualquier gran población de Cádiz" calcula Daniel Camacho, que dimitió hace más de un año de su puesto de concejal de Urbanismo por el PA, "harto de política", y que ahora regenta La Cueva del Ibérico, una tienda de productos de la provincia bajo las rocas de Setenil. Y encima: "Si quiero ir a Ronda, tengo hasta cinco o seis autobuses al día, pero para Jerez y Cádiz, sólo uno". ¿Gaditanos? "Oficialmente lo somos, pero genética y culturalmente somos rondeños", dice Daniel. Tanto que cuando se le pregunta por las principales carencias de la zona, señala obviamente las comunicaciones, pero se refiere a que lo que le vendría bien es que se mejoraran las que los conectan con Málaga a través de Ronda. Parece que les convendría más pertenecer a la provincia de Málaga, le decimos. "Pues seguramente sí", contesta.

Se conduce cómodamente por la moderna autovía hasta Arcos, y todavía la conducción es 'normal' por la nacional hasta Olvera si se tiene suerte con el tráfico de camiones. El camino es hasta cierto punto plácido mientras se continúa hacia Antequera, pero en el cruce que lleva hacia Alcalá empieza otro mundo de sube y baja y de izquierda a derecha por una calzada estrecha, apenas 10 kilómetros en los que se emplean el doble de minutos en el mejor de los casos, si uno no es uno de los expertos participantes en los rallies que tienen esa zona por pista.

A ese triángulo geográfico gaditano no le faltan problemas, pero todo el mundo coincide en que esos diez kilómetros, en los tiempos actuales, separan más que unen. El presidente de la cooperativa agrícola Los Europeos de Alcalá, Francisco Dorado, se lamenta de que "muchos transportistas no quieren venir por culpa de la carretera, y otros te piden un complemento de dinero por palé, lo que evidentemente es una dificultad añadida". Su sobrino, José Manuel, que aúna en su persona las facetas de agricultor y gerente de una editorial especializada en libros de naturaleza y senderismo, afirma directamente que "es imposible que llegue un trailer cargado con bigbag de 1.000 litros de abono".

José Manuel se ha lanzado a cultivar pistachos y es un convencido de que hay que diversificar cultivos y tener espíritu emprendedor si se quiere acabar con el destino "resignado a las subvenciones". Su tío habla de ensayos agrícolas con cerezos, estevia, lavanda, romero, pero de momento, el espárrago verde es el cultivo que está disputando mínimamente espacio al secular olivo.

"Alcalá siempre ha sido un pueblo muy amante de la maleta" dice, con una visión quizá irónica de la emigración Francisco Dorado, en una jornada de actividad frenética en la Cooperativa alcalaína, un día en el que parece que la mayoría del pueblo está aprovechando el soleado día para dedicarse al espárrago verde. Las calles aparecen solitarias o sólo transitadas cansinamente por personas mayores: Muchos están ya fuera, "en la emigración", pero se puede ver por los campos a numerosas personas (mayoritariamente hombres) cortando espárragos, y en la cooperativa a muchas otras (todas mujeres) lavando o etiquetando el producto que es una esperanza verde en la vida de la población.

Con la misma esperanza, Mariana, María José, Ana Mari y Lucía se afanan en una mesa agrupando por tamaño los espárragos y etiquetándolos, alguna de ellas hasta con 14 años de experiencia en estos trabajos. "Ojalá la cooperativa tuviera trabajo todo el año", coinciden, para no tener que emigrar, como alguna de ellas tiene que hacer en los próximos meses. "Yo me he tirado seis años yendo a Francia -dice María José- y no veas lo duro que se hace pasar meses a mil doscientos kilómetros de ditancia, sin ver a tus hijos...". Mariana remacha la valoración: "Alcalá es un pueblo muy valiente, aquí no nos da miedo ir a donde haga falta a buscar trabajo, somos muy buscavidas", y está contando la historia de su familia y de muchas otras en Alcalá.

Uno de esos buscavidas es seguramente Gaspar, ("pero todo el mundo me conoce como 'Gaspi' en el pueblo", dice), que trabaja en lo que sale, "con el espárrago, en la construcción, en la aceituna...", y que se queja desde luego de la carretera y las comunicaciones, pero que si hay que echar las culpas de "como está el pueblo" se las echa "a todos". "Si por lo menos tuviéramos turismo, como Setenil, que está cien veces mejor que nosotros...". Asegura que todo se le da bien, pero lo que se le da bien indudablemente a Gaspi es pedir tabaco con arte.

En el paseo nuevo junto al río Guadalporcún, acabándose de urbanizar, la joven Josefina pasea en carrito a su hijo de poco más de un año. "Alcalá está muy bien, bueno, estamos mal porque hay mucha emigración, pero se vive muy bien... cuando estamos aquí". Auxiliar de clínica y con sólo 27 años, dentro de nada, en el mes de mayo, emprenderá su primera experiencia de emigrante en Francia. "Mi marido está allí desde noviembre y viene ahora. Y en seguida nos vamos, aquí todo el mundo se va... ya me está dando pena tener que dejar a mi hijo".

La carretera que une Alcalá con el Setenil envidiado por Gaspi es un poco mejor, aunque sólo sea porque el terreno es más llano y la senda tiene menos curvas. El pueblo, singular y hermoso como pocos, luce como para darle la razón al buscavidas este martes de abril, paseado por turistas que empiezan a tomar sus calles bajo rocas y con las terrazas bastante ocupadas al mediodía primaveral. No se asemeja a un pueblo marginado ni olvidado, pero en su tienda de gourmet serrano, Daniel Camacho, constata el aislamiento con respecto a la capital de la provincia: "Casi nadie de aquí va a estudiar a Cádiz o Jerez. La mayoría de los que deciden hacer una carrera lo hace en Málaga o Granada, y ahora viene más gente, pero antes del boom turístico era enorme la cantidad de gaditanos que nunca habían estado en Setenil".

Daniel no se muerde la lengua y también critica la excesiva dependencia que tienen estos pueblos de la agricultura y la construcción, alerta contra la "riqueza desigual" que trae el turismo y constata la falta de "iniciativa empresarial" en Setenil. Para él, uno de los males de su población es la "apatía" que lleva por ejemplo a que no haya ninguna asociación de comerciantes u hosteleros o a que "con la naturaleza que nos rodea, no haya ninguna empresa de turismo activo, rutas a caballo..." y en cambio la mayoría se ha dedicado a abrir tiendas para turistas o bares.

El cura de Setenil no está en su parroquia de la Encarnación ni en todo el pueblo. No es que Ramón Vázquez no cumpla con sus deberes pastorales, sino que tiene que dividir su dedicación entre la grey setenilense y la que tiene en La Torre. Así, es un cura compartido entre las dos poblaciones, así que él mismo es un ejemplo del olvido y la desatención inevitables en los que se mueve la zona. "Que tenga que ser el cura de dos pueblos -cuenta una vez que nos reunimos con él en Torre Alháquime- es consecuencia, desde luego, de la falta de vocaciones, pero también de que muchos sacerdotes prefieren estar en ciudades más grandes, porque hay más comodidades o porque ven más posibilidades de promocionarse, quién sabe. Pero eso no quiere decir que el obispo nos tenga olvidados. Él viene mucho por la Sierra, y yo lo animo a que venga más".

Dice Ramón ( no le gusta que le antepongan el tradicional "don" a su nombre) que sí existe ese alejamiento emocional de los serranos de aquí con Cádiz. "Aquí nadie habla de Cádiz, y todo el mundo lo hace de Málaga, pero tampoco hay resentimiento, más bien indiferencia con este tema, y desde luego tiene que ver mucho las distancias por carretera. El mismo Setenil y Alcalá del Valle pertenecieron a las diócesis de Málaga y Sevilla antes de pertenecer a Jerez".

Ramón acaba de tener una reunión con el alcalde de La Torre, el socialista Pedro Barroso, quien se resiste a calificar la situación de su pueblo en la provincia como "marginado", pero admite un cierto olvido y, sobre todo "desconocimiento de dónde vivimos y quiénes somos los de por aquí. Se ve lo bonito que es pero no se saben los problemas que tenemos. Y de hecho, tenemos los mismos que... Algeciras, por poner un ejemplo. Y son problemas de educación, de trabajo, de escuelas, de atención sanitaria".

Reconoce Barroso que sus vecinos no son una sociedad emprendedora, pero que es porque "la educación que hemos recibido no es esa. No somos de cultura emprendedora sino temporera, y esa cultura nos ha llevado a lo básico,a vivir pegados a la agricultura. Ahora parece que la gente nueva está animándose, con el espárrago, a arrendar tierras,a volver a plantar olivos, y es complicado animarlos a que sean emprendedores. Tengo confianza en el turismo, en que la gente que visita Setenil no se quede sólo allí sino que venga también a ver La Torre... ¡mira, -señala a una pareja de turistas que sube la escalinata en la plaza de la Constitución-, yo cada vez que veo una imagen como esa no veas cómo me alegro! Una de mis primeras preocupaciones cuando llegué a la Alcaldía ha sido vender la imagen del pueblo, embellecerlo..." se entusiasma el alcalde entre elogios a la labor de la presidenta de Diputación, Irene García, en este empeño...

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