Desde mi cierro

Pedro / González / Tuero

La tiza

Yahora padezco la nostalgia de tener que abandonarla. No me he acostumbrado a matar todos los veranos a ese gusanillo melancólico que me mina el alma. Después de tantos años agarrado a ella, aún me tira y no se me desprende. Aunque sé que este abandono es sólo momentáneo, un par de meses, por ahora, pues todavía su polvillo penetrante y caprichoso me sigue invadiendo mis manos. Las mancha y las seca. Manos que se han acostumbrado a ella, de la que no pueden prescindir, pues la llevo asida desde hace más de treinta años. Trazos blancos de perfiles sobre las viejas pizarras del instituto, intentando plasmar con letras conceptos que se han de aprender. Porque ella es un antiguo objeto docente, el tiempo aún no le ha podido: los medios audiovisuales de los que hoy disponemos no han sido capaces por ahora de encontrar sustituto. Las hay cúbicas, las de siempre, y cilíndricas, más modernas y más limpias, de variados colores y blanca.

Aulas vacías de ruidos. Sin ellos, los verdaderos protagonistas. Pizarras huecas de letras o de números, limpias, que esperan esa mano de siempre que de nuevo les dé la vida. Y mientras, los alumnos, ellos, reponen lo que no han aprendido, que es mucho, en la libertad de la calle o en las playas cercanas, bajo este agobiante sol que nos inunda y broncea sus pieles y hermosea su aspecto.

Luego están los que la abandonaron o los que no la han cogido nunca. Ya que la fortuna o el mal agüero, según se vea, les ha trazado el camino de otra manera, y así vemos a más de uno y a más de diez en parlamentos, en ayuntamientos, o en el congreso o en el senado, en ejecutivas comisiones políticas porque mandan y deciden, y con las manos muy limpias de ese polvillo blanco y antipático que tanto les incomoda. Otros la desean y luchan por conseguirla, precisamente ahora, en estos calurosos días de julio, delante de serios tribunales que les otorgará o no la llave que les abra el cajón donde están depositadas.

Y otra vez en septiembre volveremos a sentir sus aristas y perfiles; e intentaremos de nuevo dibujar en la pizarra palabras, imágenes, esquemas y pedagógicos cuadros para que ellos, flamantes alumnos los que más, observen, piensen y aprendan. Esta es su misión y es la nuestra. Aunque, después de escribir estos renglones, pienso que me estoy haciendo muy mayor y confiado, pues esto último, no me lo creo ni yo.

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