De todo un poco

Enrique García-Máiquez

El silbo

EL poemario Jaulas (Zaragoza, 2004) del riojano José Ignacio Foronda, siendo poesía, tiene un leve y alado aire novelesco. Los poemas van -y vuelven--alrededor de los pájaros, pero el hilo argumental es la afición ornitológica que captura al poeta desde el primer deslumbramiento redentor ante la existencia de las aves, pasando por sus primeros esfuerzos infructuosos por ponerles nombre, hasta los multicolores epifanías de los reconocimientos. El sueño de ver a un ruiseñor, tan poético, se le escapa al atribulado poeta, y va poniendo el contrapunto de dramatismo y angustia a la historia. Toda una sección del libro se titula: "Buscando un ruiseñor desesperadamente". Con un guiño de ironía, su casa está en el número 14, 2º izquierda, del Paseo de los Ruiseñores. 

Así las cosas, una noche oye un silbo melodioso, se despierta, se recita los versos a los ruiseñores de Trapiello, de Keats, de Wordworth, de Antonio Cabrera... Aunque es febrero y hace frío, se levanta y abre la ventana esperando hallar, por fin, el canto insomne del lírico ruiseñor. Pero "a la luz de un farol, un barrendero silba". Yo, que también he buscado con ansiedad al esquivo ruiseñor, he comprendido muy bien el chasco de Foronda. 

Y, sin embargo, qué bestias somos los amantes de la naturaleza, qué insensibles los poetas. El ruiseñor de tan cantado canto no se sale de los raíles -por muy líricos que resulten- de su instinto. ¿Hay algo, sin embargo, más emocionante que un señor barrendero que, pudiendo estar en huelga o maldiciendo el relente o en un hosco silencio, hace su trabajo en la fría madrugada con humor de sobra como para ponerse a silbar, y encima bien? 

Es magnífico que un señor que tiene un trabajo duro y a la intemperie lo haga silbando. Demuestra su alegría y su dignidad. Chesterton ya notó que antiguamente todos los trabajos se hacían cantando y había canciones de pescadores, de segadores, de cazadores, etc., mientras que el mundo moderno ha secado las gargantas de los hombres. El basurero era una excepción, y Foronda, gracias a su afición ornitolírica, se despertó al alba para verlo, y para contárnoslo. 

Aunque los trabajos estén cada vez más apretados y escasos, y la vida moderna deja poco margen a la canción espontánea, cómo nos gustaría seguir el alegre ejemplo del valiente barrendero, y silbar. Aunque nuestro silbo no vaya nadie a confundirlo con el de un ruiseñor, naturalmente. 

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