En nuestra cabeza siempre hay una Semana Santa de niño. La mía sabe a topolino de Los Italianos y suena a 'Pasan los campanilleros', repetidísima cuando la música cofrade no era tan variada. La mía me traslada a una plaza de San Antonio donde se corría la voz de que en tal o cual cofradía faltaban monaguillos. Y allá que íbamos unos cuantos en calzonas y con el balón bajo el brazo a apuntarnos para salir en la hermandades cercanas: las del Carmen, Luz y Aguas en el Oratorio, Columna en la plaza de nuestros juegos e incluso San Francisco. Monaguillos sin orden ni paso marcial que eran capaces de comerse un papelón de dulces en la plaza de Candelaria. Niños que presumían de haber visto el día anterior una recogida a las tantas. Aprendices de cofrades (casi ninguno ha llegado a serlo como tal), pero de barrio. Hasta San Lorenzo nos cogía lejos. Una Semana Santa muy particular y no por ello menos entrañable.

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