Su propio afán

Enrique García Máiquez

El quinto toro

LA corrida la contó Curro Orgambides mucho mejor de lo que lo habría hecho yo o nadie. Pero como él no estaba en sol, en la grada, no pudo contar lo que yo vi con estos ojos que a punto estuvo de comerse la luz. La corrida de Castella empezó regular porque el poniente embestía más que los toros, y la tarde soplaba racheada por el pitón derecho.

A mi lado se sentaba una señora manifiestamente aburrida y que lo manifestaba con expresiones contundentes. Lástima que yo no sea uno de esos columnistas de moda que llenan, como piden estos tiempos, sus textos de palabrotas, porque la señora me hubiese dado el trabajo medio hecho. Mi hijo pequeño, que iba por primera vez a la Fiesta, no veía la fiesta por ningún lado, y lo que oía tampoco era una fiesta. Por suerte, la señora sacó un paquete de patatas, aunque no me hubiese sorprendido que sacase la calceta como las de la revolución francesa. Las patatas la entretuvieron un poco. Pero se las comió en un santiamén, y eso que no ofreció nada.

Entonces el quinto toro, un jabonero precioso de Fuente Ymbro salió con mucha alegría y Sebastián Castella lo recibió con los brazos abiertos y los pies parados. Fue un faenón: dos orejas. Con todo, lo más asombroso resultó la transformación de nuestra vecina. Aplaudía feliz; le soltó quince euros a un hijo suyo que pasaba por allí, ea, a disfrutar; en la vuelta al ruedo de Castella le gritaba: "Guapo, guapo" con una delicadeza muy femenina, casi Ancien Régime; se puso hasta más guapa y le regaló una bolsa de patatas a mi hijo. Si alguna vez un artista ignoró los efectos benéficos de su obra, ése fue Castella, que no podía imaginar, mientras daba la vuelta al ruedo, la metamorfosis que, entre medias verónicas y naturales hondos, había producido.

Y en mí, que recobré la esperanza. Qué poder de transformación, de elevación espiritual y de igualación en el entusiasmo tiene el arte, y qué poco se aprovecha. Todo se quiere arreglar con decretos, reivindicaciones y manifiestos, y se abandona la vía de la belleza. Basta el roce con la emoción auténtica y el estremecimiento para que salgamos contagiados, mejorados. Hay un tirón hacia arriba inmediato. Nada nos salva como la cercanía de la inspiración y la gracia. Esto, por supuesto, se escapa del ámbito competencial de los políticos, pero los creadores y artistas deberían ser más conscientes de su poder y, por tanto, de la falta que hacen.

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