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Rafael Padilla

El poder de la voluntad

DEL tenis, un deporte de alternativas increíbles y de belleza casi inigualable, no me enamoró la maestría de Santana o la calidad de Gimeno, héroes de mi juventud, sino paradójicamente un partido ganado por un jugador de menos éxito. Cuando, a mediados de julio de 1967 y en eliminatoria de Copa Davis, se enfrentaron Juan Gisbert y Alex Metreveli, todo presagiaba el dominio del ruso. Tanto, que con dos setsperdidos y siete match points salvados, la derrota del español se intuía cosa de minutos. Pero entonces surgió la magia y Gisbert -yo lo vi- levantó el tercer set y los dos siguientes y el partido. Esa capacidad de sobreponerse, de truncar la inercia del destino, sólo posible en un juego que permite mantener las esperanzas hasta el último segundo, me pareció una hermosísima enseñanza de vida, un ejemplo magnífico del espíritu con el que todos deberíamos afrontar los azares que la suerte nos depara.

Ahora, muchos años después, la trayectoria de Rafa Nadal, la fuerza de su fe inquebrantable, su capacidad para vencer las propias limitaciones, me han recordado, centuplicada hasta cimas de leyenda, aquella emoción de sentir posible lo imposible, de saber que nadie, sino tú, escribe el guión de tus días.

No es Rafa un superdotado del tenis. Todo lo que lleva conseguido es fruto de la decisión asombrosa, absoluta e incansable con la que persigue cuanto busca. Diestro de nacimiento, tuvo que aprender, porque convenía, a jugar con la izquierda, convirtiéndose en un zurdo integral e impecable. Acostumbrado a la lentitud de la arcilla, pronto se dio cuenta de que su reinado en la tierra no daba para encarar otros logros. Tenía que perfeccionar su saque, colocarse mejor, trabajar mucho y duro para imponer su ley también en la hierba, en las pistas duras, en escenarios donde la rapidez de la bola desafiaba la comodidad de su juego. Y no le importó -estando ya entre los grandes- perder a las primeras de cambio, sufrir lo que otros entenderían como humillaciones innecesarias, para continuar mejorando, para no renunciar a conocer finalmente sus verdaderos límites.

Está suponiendo el suyo el triunfo de la voluntad, agigantado incluso por el talento inmenso de su hoy único rival, de ese Federer genial -de él dice Santana, y es verdad, que jamás suda- que nació para el tenis, que maravilla por su facilidad, elegancia y precisión. Añadan que ambos dictan en las canchas lecciones de fair play y de humildad y comprenderán que el duelo promete asaltos de gloria.

En la final de la Davis del 2000, Rafa, aún niño, portó nuestra bandera en la presentación de los equipos. Desde entonces no quiso soltarla. Todavía la pasea por esos mundos con el orgullo de ser, de ir siendo, probablemente el mejor deportista español de todos los tiempos.

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