Envío

Rafael Sánchez / Saus

El poder de la palabra

AUNQUE la estación incline a pasatiempos intrascendentes, yo no dudo en recomendarles para este verano la lectura de la gran obra de Alexandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag. Si se deciden a rescatarlo en su biblioteca o a pedirlo en la librería más cercana (hay una reciente edición en Tusquets), no se dejen intimidar por el número de páginas y sumérjanse en la atmósfera profética, apasionada, amarga, siempre aliviada por la ironía y la compasión, de esta obra cumbre de la literatura del siglo XX. Quizá la que ha conseguido dar cuenta de forma más sobrecogedora, y al mismo tiempo serena, del horror sin límites surgido de la ideología más sangrienta y ruinosa de la Historia, el comunismo en su versión soviética, el socialismo real, del que han derivado todas las formas todavía vigentes del monstruo.

Archipiélago Gulag, como saben, no es una obra de ficción, sino una especie de gran reportaje tejido con los testimonios de 227 supervivientes de los campos de trabajo soviéticos o gulags, entrevistados por el propio Solzhenitsyn. La obra se nutre, además, de un profundo conocimiento de la historia de Rusia, antes y después del establecimiento del régimen, y de la propia experiencia del autor, quien sufrió cautiverio entre 1945 y 1956 a raíz de un comentario antiestalinista que la censura descubrió en una carta dirigida a un amigo. En esos años de cárcel, trabajos forzados, privaciones inauditas y enfermedad se fue forjando una personalidad inquebrantable, la que se necesitaba para abordar la escritura en secreto de un libro que, a decir del poeta cubano Raúl Rivero, "desafió y desnudó a un imperio que parecía eterno y de mármol negro". La publicación en 1973 de Archipiélago Gulag supuso un fuerte aldabonazo sobre la conciencia mundial y privó para siempre de argumentos a los defensores de la dictadura del proletariado. No a todos, desde luego. La reacción en los medios de la izquierda marxista fue feroz, y en la España ya aparejada para la larga dictadura cultural progre puso la raya uno de los intelectuales más jaleados en los años siguientes, el novelista Juan Benet, quien no dudó en escribir: "Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsin no puedan salir de ellos".

No extrañe a nadie, pues, que la gigantesca figura intelectual y moral de Solzhenitsyn haya tenido en España un impacto relativamente escaso y despertado rechazos y reticencias visibles incluso en el momento de su muerte. Son muchos los que no pueden soportar el testimonio de quien puso ante los ojos del mundo, con el solo poder de la palabra, la crueldad irredimible de la única doctrina en la que verdaderamente han creído.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios