Víctor Laínez, 55 años, de Tarrasa: asesinado en Zaragoza de un golpe en la cabeza con una barra por llevar unos tirantes con la bandera de España. Me ha impresionado su muerte, pero no pensaba escribir de ella, porque todo se está diciendo:

Lo primero, el dolor, que se extiende.

Después, la reflexión sobre qué pasa en un país en el que llevar su bandera se considera ya una provocación y es un riesgo. En cuanto me enteré de la noticia, me compré unos tirantes con la bandera. Varias personas me avisaron, con mucho cariño, de que me anduviera con mucho cuidado. Una preocupación -piénselo- preocupante.

Tampoco es caer en el maniqueísmo notar que si la tragedia hubiese sido idéntica, pero ideológicamente inversa, esto es, que un fanático hubiese matado a un hombre por pasearse con su estelada, la noticia habría tenido mucho más eco. Véase la que se lió, al instante y a nivel mundial, con los dedos de la mano que le habían roto -pero que no le habían roto- a una nacionalista.

También resulta interesante medir la velocidad y la intensidad de las condenas políticas a este crimen. Sobre todo, las de quienes apoyaron al presunto asesino cuando, hace años, dejó tetrapléjico a un guardia urbano de Barcelona y fue condenado. Montaron una campaña con entrevistas, manifestaciones y hasta un documental a favor de su liberación y contra la maldad de las fuerzas de orden público y la Justicia. No los culpo de lo ocurrido, ojo, aunque cierta inquietud moral les honraría.

Esto ya se dice; yo sólo escribo para añadir una obsesión. No puedo olvidarme del agente de la policía local que el mismo presunto dejó tetrapléjico. Esta noticia le habrá destrozado. No sólo por hacerle revivir lo horrible, sino porque el presunto asesino, de haber cumplido la pena íntegra, seguiría en prisión. Consciente o inconscientemente, el guardia local habrá sufrido al ver que su desgracia no ha servido para evitar otra mayor.

A menudo, se piensa en las penas de los delitos como una venganza de las víctimas. No. Las penas tienen una función social y que no se cumplan íntegramente hace que el sufrimiento de las víctimas tenga menos sentido. Se les despoja del heroísmo de habernos librado, a través de su sacrificio, de quienes no tienen que estar libres por el bien general. Quiero reconocerles con todas mis fuerzas a todas las víctimas ese valor, que si no es eficaz, no es, en ningún caso, su responsabilidad.

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