Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Los pelos del sombrajo

Si en algo se nota el paso del tiempo es en la evolución de las barberías: un joven se corta el pelo el triple de veces

Si hay un lugar público donde un hombre siente el paso del tiempo sobre su cabeza, ése es la barbería. Sobre la cabeza y también sobre el nombre del establecimiento: ningún joven vigente diría barbería, sino peluquería, término que hace alguna década estaba reservado a allí donde lavaban y marcaban, daban tintes y mechas o hacían permanentes y monos cardaditos irisados. De hecho, las peluquerías de señora hacen todavía eso con otra técnica. No las de los hombres. Ayer contaba en un reportaje Diego J. Geniz cómo este negocio se ha reinventado ante la mayor exigencia de cuidados del hombre. La metrosexualidad se ha impuesto tanto que ya el término está casposo: Beckham es ya un señor.

Antes, ir al barbero no requería cita: "Paco, ¿cómo lo tienes?". Ahora, sin una llamada al menos un día antes es vano intentar "arreglarse". Porque el maduro iba a arreglarse, y todavía acude a Paco -la fidelidad capilar empezaba en uno mismo y acababa en el barbero de siempre- para "arreglarse". Nada que ver con las expectativas de una franja de varones de hoy entre los doce y los cuarenta, o hasta que se te caen los pelos del sombrajo: todos epígonos del marido de Victoria; tienen claro qué quieren hacer con su nuca, sus patillas, su flequillo, zona parietal o temporal (modo mulo por ejemplo). No soy fiel a ningún Paco con babi y conversación de toros, fútbol o procés. Hay un dato demoledor sobre la reinvención de la tijera (el corte "a la navaja" es de museo de artes y costumbres): si pelar a un setentero algo melenudo lleva los 15 minutos de siempre, perfilar apenas al veinteañero consume el doble de tiempo. Así detectamos otro rasgo de esta revolución estética: la muchachada gasta el triple al año que usted, estimado pureta, en pelarse.

Hay quien odia al fútbol moderno por todo esto, por culpable primigenio de tanto estilismo, en el fondo adocenado: algunas pandillas, en manada o en franca camaradería, le parecen a uno igualitas en chorla y barba. Sostengo que en el descanso de un partido del Madrid hay en el vestuario varios profesionales del pelopantene, la gomina y la secadora. Recuerden a aquellos jugadores del Ajax en los setenta, entre roquero y jipi, patillón de freak urbano y melena a lo que caiga. Eran tiempos en los que el rompedor y el inquietante era el melenudo. Ahora, lo es el rapado o el pelopincho esculpido. El Camilo Sesto de hoy lleva un pelaje personalizado (es un decir), y salvo algún excéntrico o hipster, lleva el pelo cortito. Qué lejos quedan incluso "los pelitos asín como Guti el del Madrín", que decía la chirigota.

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