LOS partidos políticos doran la píldora al electorado joven. Ésta será la campaña en que se generalicen los vídeos promocionales en Youtube, los blogs de los candidatos y otros mecanismos para acceder al personal juvenil que son facilitados por las nuevas tecnologías. Los candidatos se ponen a la última para cautivar a los primeros. A los primeros votantes, a los que tienen por vez primera la posibilidad de acudir a las urnas y, por extensión, a las generaciones inmediatamente anteriores.

No es sólo por el culto a lo joven que practica hasta la idolatría esta sociedad. Los políticos también parten de la base de que se están dirigiendo a un colectivo moldeable, asequible para cualquier ideología, tal vez más propicio a la manipulación. Creen sembrar sobre terreno cultivable. Pero las cifras engañan: el 9 de marzo están emplazados a votar 6,1 millones de españoles entre 18 y 29 años... y siete millones y medio de mayores de 65. Es decir, casi un millón y medio menos (de jóvenes). Electoralmente, pues, es más relevante pescar en los caladeros de la senectud que de la juventud. Hay más votos jubilados que estudiantiles o de empleos primerizos.

Probablemente, los estados mayores de la clase política organizada consideren que una persona de 65 o más años está definitivamente decantada y tan llena de prejuicios que no merece la pena invertir en ella esfuerzos de campaña y que resulta mucho más rentable dirigirse a un público más dúctil (y, desde luego, más dinámico). Ahora bien, ¿y si no fuera así o, al menos, completamente así? Porque el cambio radical experimentado por la pirámide de la población española no se refiere sólo a que haya muchos más viejos que en el pasado, sino también a que son viejos "diferentes" a los tradicionales.

Harían bien en pensar no en los jubilados, achacosos y de ideas fijas, sino en los jubilatas con buena salud, poder adquisitivo y capacidad crítica. Quiero decir: hay un enorme segmento de españoles en la edad de la jubilación y sus alrededores, que se cuidan y viajan, se divierten, disfrutan de la buena vida y se interesan por la cosa pública con una lógica a la que es difícil desafiar a base de promesas electorales demagógicas e irreales. Tampoco se les puede contactar masivamente a través de internet porque a muchos les coge demasiado mayores para estos nuevos modos de comunicación. Demasiado mayores para internet, no para cambiar su voto.

El voto de la mal llamada tercera edad no tiene por qué ser un voto anquilosado, que ya ha fijado sus preferencias para siempre tras muchas elecciones. Puede perfectamente ser un voto flotante, poco adicto y tornadizo, más propenso a convencerse por el raciocinio que por el halago que tanto embauca a la juventud.

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