Miguel A. Gª-Agulló

De murallas marítimas: Cádiz y otros lugares

La preservación de la muralla histórica, incompatible con el actual sistema de mantenimiento

CÁDIZ lleva siglos condenada -como Sísifo, a subir el peñasco a la cima de la montaña- a la continua reconstrucción de su muralla, una y otra vez dañada gravemente por los temporales. Este proceso resulta ya incompatible con la conservación del bien patrimonial histórico, esencial en una ciudad que aspira a un puesto en la lista de la UNESCO.

Felipe II encargó la fortificación de la ciudad al ingeniero Cristóbal de Rojas, y un siglo más tarde la reconstruyó en buena parte otro ingeniero militar, Ignacio de Sala, que continuó su trabajo en Cartagena de Indias, hoy inscrita en la lista del Patrimonio Mundial.

Desde el Baluarte de San Carlos al Castillo de Santa Catalina, pudo apoyarla -si bien precariamente- en el cercano terreno firme. En cambio, en la muralla del Vendaval -que fue más defensa frente a los temporales que fortificación- hasta "tres varas de arena" obligaron a cimentarla sobre ella, inadecuadamente porque la socavación estaba asegurada. Tanto Rojas como Sala indicaban en sus planos poner al pie de las murallas "peñascos de piedra dura... para que se quiebre allí la furia de las olas". Ahora sabemos que esta escollera era de tamaño muy insuficiente. Al menos en nueve ocasiones en el mismo siglo XVIII se produjeron fracturas, brechas, desplomes y otras desventuras por los embates de la mar. En 1791 se culminó el gran empeño de construir en el Campo del Sur una especie de playa artificial, sobre un relleno de escollera reforzado con pilotes de madera que tapaba media muralla. Tras cinco años de obras, sobrevino un estrepitoso fracaso cuando los temporales la arruinaron totalmente. Durante el siglo XIX continuó el proceso de roturas y reconstrucciones.

Lo efectuado desde el siglo XX es más conocido: escollera de bloques en el Campo del Sur, nueva muralla en la Cárcel Vieja, falsa zapata de hormigón adosada a la muralla de Poniente y de la Alameda, en suma, un cúmulo de grandes reparaciones -ahora más eficaces porque las obras marítimas se apoyan ya en sólidos conocimientos- hasta la última obra de defensa en Santa Bárbara, con bloques de doce toneladas, que para sí hubieran querido los ingenieros de los siglos precedentes. Pero esta nueva y agresiva fase, además de llevar camino de desnaturalizar totalmente la muralla histórica, no ha interrumpido el proceso de averías, que se siguen produciendo con frecuencia parecida a la de tiempos anteriores. Y se ha descuidado además el mantenimiento de elementos menores pero esenciales para la debida prestancia, tales como balaustradas y pretiles.

¿Qué ocurre en otros lugares? No es fácil encontrar emplazamientos similares al de Cádiz, en su posición avanzada y desabrigada frente al océano. Es notable la muralla de Saint Malo, pero la situación es menos comprometida, a pesar de su enorme carrera de marea: la muralla parece estar sólidamente cimentada en el promontorio, con un playón delante en bajamar. Desde el siglo XVII vienen usándose como protección del oleaje altos postes hincados al tresbolillo en la arena.

En mares interiores, como el Mediterráneo o el Caribe, la casi ausencia de mareas significa menos altura de ola y un mantenimiento más fácil. Siracusa y Malta son recintos fortificados inscritos en la lista del Patrimonio Mundial, similares a Cádiz pero mucho menos expuestos. La mayor parte de la muralla de Cartagena de Indias, máximo exponente de la fortificación americana, está aislada del mar. En mayor o menor grado ocurre lo mismo en San Juan de Puerto Rico y en muchos otros lugares.

Los problemas de la muralla atlántica de Esauira -el antiguo Mogador, también Patrimonio Mundial- guardan similitud con los de Cádiz, si bien son de más fácil solución porque su pie está descubierto en bajamar: un informe de la UNESCO reseña el proceso de deterioro por la acción del oleaje, descarta entre otras la solución de una escollera de bloques -análoga a la del Campo del Sur- para no enmascarar la muralla, y propone una solución muy a la medida, implantando en la línea de bajamar una serie de escollos a base de grandes bloques de la piedra del lugar, que con los arrecifes existentes conforman una protección suficiente.

En Cádiz la muralla ha tenido tres roles: uno defensivo-militar, desempeñado con éxito hasta que quedó en desuso en el siglo XIX. Un segundo rol de defensa del oleaje marítimo, fuente de vicisitudes: la energía de unas olas que en pleamar pueden alcanzar los cinco metros incidiendo en algunas zonas frontalmente contra el muro, debilita la fábrica y socava la precaria cimentación, origen de las averías; es indispensable aliviar a la muralla de esta tarea. Le quedará un tercer rol del que no puede abdicar, el de contención del borde de la plataforma urbana, razón última de la necesidad de su buena conservación.

Este bien patrimonial reclama un cambio de paradigma en su conservación, pasando a un nuevo modelo sostenible que lo preserve en su aspecto original para futuras generaciones. Desde la propia Demarcación de Costas se ha apuntado que quizás "haya que pensar en algo parecido a la Junta de Muralla que existía anteriormente" y crear "un órgano colegiado que analice la situación de la muralla y vea las actuaciones que sean necesarias". Esa debe ser la línea de actuación: la creación de un Patronato que supere el actual esquema Demarcación de Costas-Delegación Provincial de Cultura, conformando un equipo pluridisciplinar que dé cabida a otros especialistas: vinculados al campo de la conservación del patrimonio arquitectónico, historiadores, arquitectos.

No hay soluciones universales: los diques sumergidos, muy empleados en el Mediterráneo, aumentan notablemente de tamaño y coste en mares de importante marea. Equivaldría en Cádiz a colocar sobre el lecho marino un tonelaje de materiales equivalente al de varias murallas. El impacto visual, -siempre discutible y subjetivo- sería de consideración.

Habría que buscar soluciones específicas en función de la configuración de los fondos marinos y de las diferentes exposiciones al oleaje según las zonas. Probablemente algún dique de longitud reducida, pero también tratamientos de la cimentación, algún relleno, etc. Si se persigue la retirada de los bloques del Campo del Sur cabría explorar la formación de una playa, ahora con mejor técnica que en el intento frustrado de finales del siglo XVIII. Todo ello a partir de un detenido estudio de la situación actual, y utilizando las técnicas de ensayo en modelo reducido habituales en la ingeniería de costas.

La fortificación gaditana, tan singular, no puede perder su fisonomía y su personalidad. Sería incierto el futuro de la muralla de Esauira de no estar tutelada por la UNESCO. Esta tutela -con la normativa protectora implícita- es otra muestra de lo conveniente que para Cádiz sería que su recinto histórico fuera declarado Patrimonio Mundial. Con la UNESCO viviremos mejor.

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