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Cosas que pasan

Ricardo Castillejo

Las mil y una dietas

HE escuchado tantísimo acerca de infinidad de dietas que, a pesar de ser tan "milagrosas" como prometen, todas me hacen dudar sobre el por qué sigue habiendo gordos esforzándose en vano por perder su grasa sobrante. En pocas palabras, o constituyen métodos bastante discutibles, o en algo fallamos al materializar regímenes como el de la alcachofa, el de las no sé cuántas calorías y hasta el de la luna (aunque no lo crean, también existe un plan de adelgazamiento relacionado con nuestro poético satélite).

Es conveniente, evitando cometer ninguna tontería, ponerse en manos especializadas y, en eso, Carmen Sevilla encontró, hace la nada desdeñable cantidad de veintiocho años, las que mejor le preparan los alimentos que debe ingerir y, ya de camino, le quitan de en medio aquellos menos recomendables. "Empecé a venir a "la" Buchinger con Vicente Patuel, mi marido, y después los días que he pasado con mi familia, aquí he vuelto de nuevo", me explica la actriz encantada con su descanso marbellí. "¿Y qué cosas haces ahí para bajar peso, Carmen?", le pregunto para saber acerca del método de tan reputado centro. "¡Uy! ¡Muchísimas! Gimnasia rítmica, me dan masajes, me preparan unas sopitas masticables buenísimas… Sin embargo, a lo que más me obligan es…" (atención porque aquí viene lo bueno) …¡a no comer!".

Fíjense que, algo así me estaba yo imaginando porque, al final, para presumir hay que sufrir y, aunque Jesucristo multiplicara los panes -fomentando inconscientemente la obesidad entre los suyos-, los "michelos" no entienden de magias y, por mucho que recemos, a no ser que dejemos la harina, los fritos, las chacinas y, estos ni nombrarlos, los dulces y las salsas, bajo nuestra piel pueden eternizarse por los siglos de los siglos, amén.

Sólo retorcijón tras retorcijón de nuestro estómago hambriento, podemos lograr, igual que nuestra Carmen Sevilla, dejar atrás por lo menos cinco odiosos kilos que, bizcocho a bizcocho, ganaremos después. Ley de vida.

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