La tribuna

Los males de la patria

Con ese mismo título, se publicaba en 1890 la obra principal del aragonés Lucas Mallada, geólogo, paleontólogo y brillante ensayista político regeneracionista. Pues bien, ese mismo título, Los males de la patria, podría darse al conjunto de la obra últimamente publicada por Manuel Ramírez Jiménez, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Zaragoza, destacado ensayista político y actual Director de la Fundación de Estudios Políticos Lucas Mallada. Y no es casual que así sea, porque Ramírez parte de una concepción del intelectual como insobornable crítico del poder y firme debelador de los obstáculos que impiden el progreso histórico de la patria.

Al menos desde su opúsculo La Segunda República y las ocasiones perdidas (1989), hasta este último libro que hoy comentamos -España al desnudo (1931-2007)", Ed. Encuentro, Madrid, 2008-, su obra reciente puede verse, en efecto, como un intento de identificar, combatir y superar definitivamente las causas por las que España siempre ha llegado "tarde, mal y nunca" a las revoluciones histórico-políticas, industriales, tecnológicas y/o culturales que estaban teniendo lugar en los países de su entorno. Así, al fijar los objetivos de este último libro, se pregunta: "¿Por qué nuestra historia puede ser interpretada como historia de las ocasiones perdidas? ¿Por qué no hemos sido capaces de elaborar un permanente gran consenso que nos hubiera permitido caminar durante los siglos XIX y XX sin traumas, vaivenes, bandazos y hasta guerras civiles? ¿Qué hemos hecho mal o, simplemente, qué hemos dejado de hacer? Y, naturalmente, qué tendríamos que hacer para que la actual situación de democracia representativa no se convierta también en una ocasión perdida?" (pág. 30).

Uno de los principales problemas político-culturales que detecta Ramírez es el la actual persistencia entre nosotros de las viejas "mentalidades autoritarias". Es cierto que con la entrada en vigor de la Constitución, el 29 de Diciembre de 1978, culminó la transición jurídico-política del régimen franquista a una democracia representativa encabezada por una Monarquía parlamentaria. Pero otra cosa muy distinta es que podamos afirmar que hayamos culminado la transición cultural a la democracia en España; es decir, que ya se haya instaurado entre nosotros una cultura política auténticamente democrática. O, dicho de otro modo, que un amplio conjunto de pautas de conducta, valores, hábitos, ideas, creencias, prejuicios y otros elementos psico-sociológicos propios de una cultura autoritaria -lo que Linz, siguiendo al sociólogo alemán Theodor Geiger, llamó "mentalidades autoritarias"- hayan quedado definitivamente atrás. No es así en absoluto. Y, lo que es peor, frente al carácter explícito y consciente de la ideología, la "mentalidad" opera, en gran medida, de manera implícita e inconsciente, lo que la hace mucho más eficaz y persistente como mecanismo psicológico desencadenante de actitudes y comportamientos. Y es que, al igual que el nazismo alemán o el fascismo italiano se esforzaron por construir socialmente "personalidades autoritarias" con fines políticos concretos y, en gran medida, lo consiguieron, el franquismo, instalado en unos valores e ideales claramente dogmáticos, precapitalistas, premodernos y contrarreformistas -los del llamado "nacional-catolicismo"-, consiguió socializarnos a la mayoría de los españoles en una rancia "mentalidad autoritaria", que todavía hoy tiene múltiples manifestaciones culturales y políticas en España.

Lo que, dentro de un contexto decididamente partitocrático como el nuestro, ha tenido consecuencias psico-sociológicas y pedagógicas muy negativas para los españoles como eventuales ciudadanos. Pues, una vez reducida la democracia a mero procedimiento electoral de reclutamiento de las élites políticas dirigentes -según Ramírez, el problema político más grave que hemos heredado de la Transición es el excesivo peso de los partidos políticos en la vida española, porque la propia lógica política democrática ha sido secuestrada por la partitocracia y empobrecedoramente reducida a una sectaria lógica partitocrática-, el resultado final es la total ausencia en nuestra esfera pública de auténticos "valores democráticos". Valores tales como la absoluta primacía del diálogo, la tolerancia, la compasión, el ethos democrático, la aceptación del carácter relativo de toda verdad política, la razonabilidad, el respeto a cualquier discrepante -que no es nunca un enemigo, sino un eventual adversario y que debe disfrutar de sus derechos democráticos aun en posiciones minoritarias-, la sincera aceptación del distinto y de lo distinto, serían sólo algunos de esos valores democráticos que, en efecto, brillan por su ausencia en la práctica política real de nuestra partitocrática democracia actual.

Es evidente, pues, que habrán de pasar aún décadas de reconfiguración de nuestra esfera pública, de implantación en ella de un sano laicismo, de ensayos de nuevas fórmulas de representación y participación política democráticas, y de asimilación y consolidación cultural de nuevos valores cívicos, antes de que los españoles podamos convertirnos en ciudadanos y disfrutar de una cultura política verdaderamente democrática.

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