Opinión

Pedro M. / Espinosa

La ley del fútbol

DECÍA Bill Shankly, mítico entrenador del Liverpool inglés, que el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso. Sólo así se entiende el estado de ánimo que vive Cádiz desde que se consumó el descenso amarillo. Miradas perdidas, mal cuerpo generalizado, desesperanza y dolor por la certeza de que volvemos a una categoría tan infame como el juego desplegado por el Cádiz este año. El fútbol es un deporte muy justo. Su justicia, a veces, raya con la crueldad, pero en pocas ocasiones se equivoca a final de temporada. Este año han ascendido los tres equipos más regulares y han bajado los cuatro peores, entre ellos el Cádiz, un equipo sin personalidad, amedrentado desde los albores de la competición y confeccionado para jugar en Primera sin tener en cuenta que militaba en Segunda.

Ahora se podrá achacar a muchos la culpa: a los periodistas, a la exigencia de la afición, a la falta de profesionalidad de los futbolistas, a los entrenadores... El caso es que, para mí, una de las claves de la debacle ha sido el manifiesto desprecio mostrado por el club hacia la figura del entrenador. Cinco de los seis últimos técnicos amarillos han sido Oli, García Remón, Antonio Calderón, Raúl Procopio y Julián Rubio. De todos ellos, sólo Calderón tiene coartada por la salida de jugadores importantes en el mercado invernal, que desestabilizó el vestuario.

La campaña empezó con una operación fallida, con la esperpéntica venta del club a un Baldasano que tiene un altísimo porcentaje de culpa en el descenso, y culmina en el desastre. Cuando las cosas se hacen bien de forma continuada se asciende, como ocurrió desde que se le dio el equipo a Jose y se nombró a Benito secretario técnico, y cuando se toman decisiones equivocadas repetidamente se acaba pagando. Es la ley del fútbol.

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