Tribuna libre

José Ramón / Ripoll

Uno de los grandes

UNA de las más grandes satisfacciones en mi carrera musical y literaria ha sido poder trabajar junto al gran pianista y compositor americano Uri Caine. El Festival Internacional de Música de Granada nos propuso a ambos llevar a cabo un espectáculo en conmemoración del bicentenario de la invasión napoleónica. A raíz de la serie de grabados de Goya, montamos una cantata contemporánea bajo el título homónimo de Desastres de la guerra, donde intentamos reflexionar sobre la sumisión y la libertad, la barbarie, la ocupación, la crueldad y, al tiempo, la ternura del ser humano. Yo tenía noticia de Uri Caine a través de sus audaces y variados trabajos en el mundo del jazz y de la música clásica, y siempre me pareció un compositor difícil de clasificar, debido a su continua transgresión de las fronteras que artificialmente marcan los territorios expresivos. Me gustaba por su modo de rendir tributo a Duke Ellington y a los grandes maestros jazzísticos, pero también por las peculiares lecturas que hacía de Bach, Beethoven, Schumann, Wagner o Mahler.

Cuando nos conocimos en la ciudad italiana de Ferrara, él estaba actuando como solista con la Orquesta de Cámara de Los Ángeles en la interpretación de Mosaicos, una obra propia en la que demostró sus dotes como activo compositor de su tiempo en debate permanente con su lenguaje expresivo y la necesidad de comunicación con el público, sin hacer concesiones a la galería. Desde el momento en que lo oí tuve conciencia de estar ante uno de los pianistas más versátiles y mejor dotados de nuestra época, caracterizado no sólo por su admirable técnica y capacidad resolutiva, sino por una naturaleza imantada que atrae y recicla todo lo que suena a su alrededor, otorgándole un discurso coherente, fresco y diáfano dirigido al hombre de la calle, como ocurre con sus versiones de los clásicos. No es que trate de hacer más sencillas las Variaciones Godlberg de Bach, sino que las transmite en otro envoltorio y expande su cerrada arquitectura, haciéndola más cristalina y en busca de su esencia. Con Mahler, sin embargo, acentúa sus melodías populares, sus timbres de orquestina, dejando en suspenso su complejidad armónica, donde se esconde verdaderamente su drama. En verdad, la apuesta máxima de Uri Caine es la calle, sacar a los santos artistas de sus altares para pasearlos por la acera. Es lo que hizo con Wagner en Venecia en una grabación que data del mes de junio de 1997, con el lugar atestado de turistas, ruidos, pasos y comentarios en todos los idiomas. Caine se atrevió nada menos que a reducir la gran masa orquestal wagneriana a un pequeño formato de cámara y, con su piano y su sexteto, situarse en distintos puntos de la ciudad y tocar como si fueran músicos callejeros. De pronto sonaba Lohengrin, Tristán o Los maestros cantores entre las cucharillas de café y las voces de los camareros, en una especie de reto iconoclasta al ídolo de Bayreuth. El resultado es un Wagner cotidiano, alejado de su adherente pomposidad, fresco y con poca ropa, como los visitantes veraniegos, que se quedaban absortos escuchándolo. Pero lo más sorprendente es que detrás de todo este empeño por transmitir la música a la gente sencilla, no hay ningún sentimiento populista ni demagogia intelectual, sino una alta responsabilidad con el propio material artístico que mantiene vivo el espíritu de los autores tratados. Que nadie se piense, por otra parte, que cuando Uri Caine toca a los otros, limita su papel a la pura ejecución, pues en ese ejercicio de transmisión se desarrolla la verdadera labor creativa de un compositor procedente de la escuela de George Crumb, con quien estudió en Filadelfia, su ciudad natal.

Hoy día, la figura de Caine encarna uno de los estilos más personales del panorama sonoro internacional, caracterizado paradójicamente por la diversidad de músicas que confluyen en él, por la pureza de su lenguaje, su imperioso ritmo y el desenfado de su dicción, como lo demostró desde el momento en que le enseñé el boceto incipiente de nuestro encargo y se emocionó ante unas siguiriyas que le cantó Carmen Linares allí mismo en Ferrara, invitándole a participar en otra aventura de fusión sonora.

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