Columna de humo

José Manuel / Benítez Ariza

5 de enero

NO puede uno evitar sentirse nervioso e impaciente en la víspera de Reyes. No espero nada, no he escrito la consabida carta ni soy cómplice ya de la entrañable farsa que representaban mis padres, y de la que uno, en cierto modo apiadado de ellos, esperaba que les saliera lo mejor posible. Pero, ya digo, pese a todas estas renuncias, los cinco de enero siguen pareciéndome cargados de una extraña tensión. Quizá actúa uno por reflejo condicionado, como esos perros de Pavlov a los que se les llenaba la boca de saliva cuando sonaba la campanita de la comida, aunque no hubiera comida. Siente uno también la impaciencia del regalo, aunque no haya regalo, o el regalo previsto esté más o menos pactado y venga dictado por el sentido práctico de los adultos, y no por la fantasía impredecible del niño. El niño pide una espada láser porque quiere sentirse como los poderosos caballeros interestelares que portan esas espadas en las películas o en los tebeos o en los videojuegos. El adulto no pide nada, pero se conforma con que le regalen un batín con el que no coger frío, y con el que sentarse junto a la mesa camilla a pensar que alguna vez quiso ser un caballero interestelar y tener una espada láser… Y, ya digo, como esos perros que ya no necesitan oler la comida para sentirse en disposición de devorarla, porque se les ha acostumbrado a responder al toque de una campanilla, y no a la presencia palpable de los alimentos, tampoco uno necesita ya esperar la espada láser, o abrigar siquiera la ilusión de que unos magos misteriosos o unos padres voluntariosamente dispuestos a suplantarlos van a hacer lo posible por satisfacer esa fantasía, y basta la luz, el nerviosismo ambiental y hasta la propia climatología, que es siempre recurrente, para sentirse en esa disposición ansiosa. De lo que no se acuerda uno es de que, al día siguiente, la espada láser con la que había soñado resultaba ser un deslucido armatoste de plástico al que se le acababan las pilas a los cinco minutos. Atribuye uno la decepción que le causa el batín o los calcetines a la incomprensión que el mundo suele manifestar hacia los propios deseos. Pero lo cierto es que esa decepción viene de antes, y es quizá de las primeras cosas que uno aprende. Uno la da ya por descontada. Se rompen las espadas, los coches teledirigidos se quedan parados incomprensiblemente, despintan los indios. El batín, los calcetines, el frasco de colonia no hacen justicia, a lo mejor, a la elevada idea que uno tiene de sí mismo. Y lo nuevo, quizá, lo que no viene de la infancia ni parece un reflejo condicionado, es la necesidad de hacer acopio de humildad para aceptarlos. Hay quien dice que todo esto lo mueve la hipocresía, y que resulta ridículo que el rito de regalar por estas fechas se haya extendido a los adultos. No les falta razón. Y, sin embargo….

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