Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

No los elegimos para esto

NADIE, salvo el hooligan, vota a un partido para que su mayor empeño, en cuatro años de legislatura, consista en no perder las siguientes elecciones. Y lo mismo da que el voto sea ganador o vaya a las filas de la oposición. La política de campaña continua supone un acoso sin tregua del electorado, al que se alimenta con un maniqueísmo falaz que evoca los peores momentos de la historia contemporánea. Ante una situación en la que el paro se dispara por encima de las abscisas de la pesadilla, el Gobierno se afana más en dulcificar la gravedad de la situación que en aplicar una terapia de choque. Y cuando el país exige unidad de acción frente a la crisis, la oposición maquilla los rostros de la corrupción y hace de la persecución a los asaltantes de la caja pública causa general de martirologio político.

No somos Grecia -en eso coincidieron el miércoles Zapatero y Rajoy-, pero ¿quién nos garantiza que de sus aguas no beberemos? Parece llegada la hora abrir el quirófano, gobernar cara al público y dejar de conducir a trompicones del marketing. No somos Grecia, pero debemos meternos en la piel de los griegos, verlas venir. Es por ahí, y no con las cataplasmas o bravatas, por donde se puede desplegar la urgente aceptación de la austeridad.

Zapatero se repite en una solución de política social que recuerda las cajas de resistencia de los viejos sindicatos. En este momento ya no basta, porque se trata de movilizar a la población en torno a un criterio nacional de solidaridad.

Durante los últimos sesenta años, las políticas de Estado en Europa han corrido a cargo de hombres y mujeres nacidos de la necesidad colectiva de superar calamidades, pero ahora, en el momento de los cirujanos, parece que en el quirófano sólo hay auxiliares de enfermería. Cuando el mundo creía asistir al ingreso en una nueva era de la historia, descubrimos que el sistema corruptor, que engendró a Madoff y a legiones de rapaces, había esterilizado también la política. Los políticos, como las aves con las alas recortadas, revolotean pero no remontan.

Si es necesario apretarse el cinturón, dígase ya y no se añada a la gravedad del caso no haber avisado a la población. Apenas nos separan dos generaciones del subdesarrollo, algo que nos permite notar aún el olor de la pobreza, pero también saber que la recuperación es posible y reside en la inteligencia colectiva. Gobernar es apelar a la responsabilidad que hace de la dura travesía un objetivo solidario, y atajar el cantonalismo y la insolidaridad financiera, y sacar a la plaza pública los topos ocultos de la corrupción. Gobernar con honra, con sentido de Estado, aunque se pierdan los barcos de 2012.

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