La tribuna

Aquel diciembre autonomista

EXISTEN efemérides en el devenir de los pueblos que nos refieren hechos para comprender nuestra Historia presente. Para darnos cuenta de lo que hemos sido, somos y seremos como pueblo. Por entonces, casi sin darnos cuenta, había comenzado la Transición. Comenzábamos a dejar atrás un largo y belicoso paréntesis, del que una dolorosa insurrección militar había sido sólo el principio.

Fue cuando los diputados constituyentes iniciaban el consenso para redactar la Constitución. Por iniciativa de la asociación sevillana Averroes se fue conformando, desde el mes de septiembre de 1977, una coordinadora de la fuerzas políticas que llamó a los andaluces y andaluzas a expresar en la calle su convicción en favor de la autonomía. Sorprendimos a las fuerzas políticas del momento; pocos habían pensado en andaluz y, rompiendo tópicos, nos hicimos valer como pueblo.

Era evidente que la autonomía, por sí sola, sería incapaz de resolver todos nuestros problemas como andaluces. Se trataba sólo un instrumento que nos compromete como pueblo, nunca de una panacea. Sin embargo, el paso de un Estado centralista a uno de las autonomías resultaría un paso decisivo e indisoluble en esta democracia. Quizás por ello nos empeñamos en hacerla crecer dándole el sitio que se merece entre golpismo, terrorismo y centralismo. Así lo entendimos en 1977 más de un millón de andaluces aquel 4 de diciembre cuando por las nueve provincias -y digo bien, porque pienso en la emigración- salimos a la calle para reivindicar un autogobierno político: nos sentíamos con ilusión como para ser capaces de asumir el mismo reto que otras comunidades. Entre otras razones, porque no nos faltaba -ni nos falta- historia, cultura, y personalidad. Andalucía por sí,ý dice nuestro himno y muy claro que lo entendimos entonces. (¿Y ahora?). Comenzaba un largo camino hasta llegar a lograr una autonomía sin recortes, la cual haría trozos el sistema vertebrador de territorios que los padres de la Constitución habían decidido: sólo a Cataluña y País Vasco.

Aquel primer Día de Andalucía comenzaba nuestra singular Transición andaluza a la democracia. Entre gritos y consignas, quinientos mil manifestantes en Sevilla, ciento cincuenta mil en Málaga, cien mil en Granada, ochenta mil en Huelva y Córdoba, setenta mil en Cádiz, sesenta mil en Jaéný; todos ellos, con cientos de miles de banderas verdes, blancas y verdes, gritaban contra el paro, a favor de la educación gratuitaý y, cómo no, reclamando una autonomía que se nos fue de la mano por causa del golpe faccioso de 1936. Noventa y dos años hubiese tenido Blas Infante entonces, cuando nosotros empezábamos a descubrirlo.

Movilización comparable, para quien no lo viviera, a la sensibilidad y a la profusión de espontáneas manifestaciones que el Espíritu de Ermua generó después del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Toda Andalucía en la calle y, lo que es mejor, reivindicando una salida común y solidaria a nuestros problemas decimonónicos. Símbolos, esperanza, sudores, alegría como no podría faltarý y también prohibiciones y muertes. No toda Andalucía pudo reivindicar en paz. Serios incidentes hubo en Huelva, Córdoba, Sevilla, y Málaga. Pero sobre todo, en ésta última, una bala acababa con la vida de un joven: Manuel José García Caparrós. Las Cortes abrieron una investigación, pero sólo pudieron certificar que la policía debía democratizarse. No se explica por qué el mártir de nuestra autonomía queda fuera de la Memoria Histórica. Nuestra autonomía, a diferencia de otras, ha sido conquistada por un pueblo, nunca decretada desde el poder. Superamos el tópico de la despreocupación y el folclore mal entendido, para echarnos a la calle y afirmarnos con identidad propia en el conjunto de los pueblos del Estado.

La sorpresa fue mayúscula. Los andaluces intranquilizaban y, a la vez, superaban el quehacer de los políticos convencionales. Aprobábamos con buena nota una primera prueba sobre el grado de interés. La emergente conciencia autonómica se abría paso hacia un proceso autonómico por la vía y el nivel competencial máximo: el del artículo 151 de la Constitución. Hasta tal punto que sin aquel 4 de diciembre de 1977 es imposible entender el triunfo político -que no jurídico- del 28 de febrero de 1980.

Aquel día de diciembre como primer Día de Andalucía no pedíamos ser ni más ni menos que nadie, sencillamente afirmábamos nuestra diferencia y reclamamos juntos capacidad para dotarnos de autogobierno. Sin dejar de mirar el futuro recordar el pasado y la fecha nos ayuda a seguir caminando. Nos permite darnos cuenta de lo que hemos sido, somos y podemos llegar a ser. Aquello fue un grato recuerdo de juventud que me resisto a convertir en pasado.

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