La tribuna

Jabo H. Pizarroso

El delirio de ETA

HASTA ahora los comunicados de ETA han sido monólogos en pura regla. No permiten un diálogo. Un diálogo es una oposición de lógicas. En un monólogo no hay lógica, un monólogo es la diarrea ilógica de un ego desbordado por la realidad. Alguna vez se creyeron poetas, Iparraguirres del pueblo vasco. Mario Onaindia, en sus memorias, recuerda al joven católico de confesión diaria Francisco Javier Etxebarrieta, primer dirigente de ETA, con su pistola nuevecita frente a un espejo, apuntándose al rostro reflejado. Una imagen que dio lástima hasta que Oteiza nombró y reivindicó a la víctima de Etxebarrieta, José Pardines Arcay.

El último comunicado difundido hace unos días a través del diario Gara, insiste en el trastorno bipolar que sacude a ETA. Seguirá con su lucha armada hasta que se logre un marco democrático que "permita materializar todos los proyectos vascos". Son muchos. Pero hasta ahora los que más fuerza tienen son dos: el esencialismo unamuniano, "Soy doblemente español, por vasco y por español", y el abertzalismo baserritarra, "Euskal Herria es una nación diferente a España". ETA se considera el alma de la patria vasca. Y se dice a sí misma, porque sus comunicados son para ellos mismos y no para nadie más, que se disolverá cuando se permita que todo el mundo pueda defender sus proyectos en medio de una democracia.

Ahí está la razón de su delirio. Delira el que se considera profeta de una ficción por él creada. ETA piensa que sin ella no hay democracia, cruel paradoja. Albert Camus dice de los terroristas que "olvidan el presente por el futuro, el destino de la humanidad por la ilusión de poder, la miseria de los tugurios por el espejismo de la ciudad eterna, la justicia ordinaria por la vacía tierra prometida. Desesperan de la libertad personal y sueñan con una extraña libertad de la especie". Luchan por la libertad de la especie de los vascos. Los vascos no queremos ser liberados por ETA. Nos gustaría, eso sí, dialogar en los parlamentos y en los medios de comunicación con cada una de las maneras de ser vasco que están formuladas políticamente, incluso con la manera de ser vasco que está detrás del independentismo, pero sin armas.

Sentarse a una mesa sin armas, pero una mesa en la que estén todas las sensibilidades vascas representadas. Y que luego no suceda tras la charla el "grito de chiquillo" del etarra de turno diciendo que no hay libertad en la conversación y que por eso ponen una Smith and Wesson sobre la mesa. Los vascos estamos cansados de treguas idiotas. Ya no nos la dan con chistorra. Y reconozco que creímos en algunas de ellas, sobre todo en la del 98, pero a estas alturas no hay quien se lo crea. Es otra de las cosas que perdieron los etarras hace tiempo, la sinceridad macabra con la que hablan sus comunicados. Mayor Oreja lo dijo hace tiempo, "ETA mata, pero no miente". Pero ahora están tan dentro de su delirio que todo es pasto de la mentira.

El cansancio y los asesinatos nos han destrozado a todos y les han dejado a ellos contra las cuerdas. Contra las cuerdas y con las arcas vacías también. Muchos filoindependentistas de hace diez años se retiraron de la dinámica manifa-pegatina-hucha de presos y goraetas cuando les zumbaron la pasta para trabajar como liberados en algunos de los grupos del MLNV. Ahora sólo quedan los tipos que acaban de detener en Vitoria, menores de treinta años, enfoscados en la kale borroka mental. La izquierda abertzale no acaba por despegarse del todo. Unas elecciones más sin representantes y desaparecen a manos a Aralar.

Sólo un uno por ciento de la izquierda abertzale comulga a fe ciega con los atentados. Cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco, alguno, de manera privada, criticó ese atentado. La respuesta que calló la crítica fue muy singular y terrorífica: "Si ETA lo ha hecho, habrá sido por algo". Fanatismo. O lo que es lo mismo. "Tú eres un ser inepto que no eres capaz de ver más allá. Para eso está ETA, porque mira por ti". Delirio puro. Otra muestra del delirio: en los noventa, en la Ser, Iñaki Gabilondo entrevistó a Txikierdi, uno de los asesinos de Yoyes. Alguien de la mesa, no recuerdo el nombre del periodista, le descerrajó la acusación evidente: "Tú fuiste el que mató a Yoyes". Txikierdi, ni corto ni perezoso, respondió así. "Yo no fui. Mi brazo ejecutó una orden de ETA".

Delirio puro, pero esto también indica que saben lo que están haciendo y el daño que están provocando. Porque algunos no asumen personalmente sus asesinatos. No pueden, en el fondo, porque es inasumible para un ser humano hacer eso. Si alguien coherente asume el asesinato de otro, se pega un tiro. Y por eso desvían la responsabilidad hacia el delirio ETA, que es una sigla, una ficción real, pero comulgada por sus militantes hasta el fanatismo. Saben por otro lado, que la ficción ETA, y su realidad asesina, se están desmontando. Sus monólogos en forma de comunicado ya no dan miedo. Y la ficción de ETA, sin el miedo, deja de ser real y desaparece.

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