Columna de humo

José Manuel / Benítez Ariza

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LOS restaurantes, leo, empiezan a declararse al completo ante la inminente oleada de comidas de empresa previa a las navidades, anticipo de la larga serie de comilonas con la que, como todos los años, celebraremos estas fiestas. Lo sorprendente de estos excesos es que no parecen obedecer a ningún mecanismo de compensación: es decir, no comemos más en estas fechas para resarcirnos de no haber podido hacerlo durante el resto del año. La verdad es que no hay compromiso social que no implique alguna clase de exceso gastronómico, y lo que habría que preguntarse es qué lleva a una población mayoritariamente ahíta a propiciar tantas ocasiones para el hartazgo. Tal vez no sepamos divertirnos de otro modo. O tal vez, sin el pretexto de la comida, la mayoría de las reuniones sociales, una vez agotados los parabienes y saludos de rigor, terminarían en largos y preocupantes silencios, en los que más de uno encontraría ocasión de ventilar viejos y enconados agravios. Quizá comemos para no tener que hablar, o para que la conversación transcurra por los previsibles derroteros de qué pondrán ahora, a cuántas gambas tocaremos por cabeza, de qué marca será el espumoso barato con el que se cierran todas las comidas de empresa en todos los restaurantes.

Pero, si no queremos hablar con nuestros acompañantes, si sólo aspiramos a tener la boca ocupada en roer el mismo solomillo insípido de todos los años, ¿para qué acudimos a estas celebraciones? Se pasea uno por el centro de cualquier capital de provincia durante la noche del penúltimo día laborable anterior a las fiestas y no deja de formularse estas preguntas: qué persiguen estas animosas bandadas de cuarentones y cincuentones de ambos sexos, vestidos con sus mejores galas; a qué vienen estas risotadas, estos descarados coqueteos entre gente normalmente circunspecta; a qué aplazada euforia obedecen estos rostros encendidos. Tal vez a una tácita utopía, que mezcla la aspiración a mantener de por vida el espíritu gregario de la primera juventud y el derecho de todos a experimentar las ligerezas y frivolidades mundanas de las que hablan las crónicas de sociedad y las revistas del corazóný

Pero no hay alegría sin desengaño, como no hay noche brillante que no naufrague en las medias tintas de la aurora. Al día siguiente acude uno a cualquier negociado, para resolver un trámite inaplazable, y tras la ventanilla correspondiente nos recibe un rostro algo más macilento de lo habitual, una mirada algo más vidriosa de lo que estamos acostumbrados a encontrar en esas penumbras burocráticas. O encontramos la ventanilla cerrada, y un conserje desengañado nos dice que Cenicienta se encuentra indispuesta, o que el príncipe azul del negociado anda reponiéndose de sus fantasías de anoche.

Lo que, después de todo, es un rasgo de humanidad digno de agradecer.

benitezariza.blogspot.com

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