En abierto

La calidad de las medallas

UNA semana de Juegos Olímpicos se cumple desde que China impresionara al mundo con esa ceremonia inaugural que hubiera dado positivo, por sus trampas, y la máquina del medallero español parece gripada. El arranque fue extraordinario, gracias al oro de Samuel Sánchez, y todos, absolutamente todos, entramos en un estado de euforia colectiva, pero el abono al cuarto puesto de las últimas jornadas conduce, como mínimo, a la inquietud.

Claro que todas las valoraciones prematuras tienen sus matices. España no avanza en el medallero, pero nadie ha caído, al menos aún, en un estado de desesperanza. Hasta el presidente del Gobierno se permite no rebajar para nada ese objetivo de igualar el registro de podios de los Juegos Olímpicos de Barcelona. La razón es bien sencilla y cabría ubicarla en la calidad de las medallas que aún se atisban en el horizonte de estos Juegos que han servido para alterar la bipolaridad entre Estados Unidos y Rusia e introducir a China como el nuevo poder.

Con todo el respeto y el reconocimiento del mérito hacia sus practicantes, no es lo mismo acumular medallas en esgrima, judo, tiro y otras modalidades menores que estar aún metido en la pelea en otros deportes mucho más llamativos para el aficionado medio. Por ejemplo, si Rafa Nadal confirmara su condición de icono mundial y fuera capaz de dominar el tenis, si los chicos del baloncesto dieran la sorpresa ante EEUU, y si Casado, por citar a un atleta, fuera oro en 1.500, el éxito sería indiscutible por mucho que las medallas ni siquiera se acercaran a la decena. Bienvenidos sean los triunfos de todos, particularmente si son de Paquillo o Alabáu, pero hay medallas y medallas. Sin duda.

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