Su propio afán

enrique / garcía-máiquez

En el bosque sagrado

ENTRE las variopintas corrupciones del PP, de unas se ocupan copiosamente los jueces y los medios; de otras, casi nadie, o lo contrario, las alientan. Incluso para la mayoría a la que la palabra "corrupción" suena fortísima (para estos casos), ha de ser chocante tanta labilidad pepera. La última, la proposición de la Asamblea de Madrid para instar al gobierno a legislar sobre la gestación subrogada, a la que ayer no más el PP se había opuesto.

En noviembre de 2015, el Parlamento Europeo condenó la maternidad subrogada por "atentar contra la dignidad de la mujer, cuyo cuerpo y función reproductiva son utilizadas como mercancías". Ahí está la clave: "atentar contra la dignidad", que es una constante, si uno se fija, de la última hornada de los llamados derechos sexuales, a la que los populares se suman con entusiasmo creciente. Parece que a esto ya no resiste sino una especie de "resto de Israel". Trotsky nos salió, amén de mártir, profeta cuando afirmaba que sólo el Papa y los cuáqueros creían en la patraña de la dignidad humana.

No era esa la posición de los clásicos griegos y romanos ni la de los grandes teóricos de la democracia moderna. Edmund Burke defendía la tradición como la voz de los muertos formando parte del consenso: su derecho al voto. Y el barón de Montesquieu, en El espíritu de las leyes, antes de fijar la separación de poderes como garantía de libertad, estableció que había un centro intocable por la ley positiva, que los legisladores no debían alterar y que emanaba de los derechos de la naturaleza. Los antiguos republicanos, socialistas y radicales hicieron de la inflexible virtud civil el fundamento de su compromiso público. Imperaba la convicción de que lo relacionado con la dignidad de la persona y de la sociedad era sagrado. Yo, como Enrique V en Agincourt, opino que cuantos menos seamos ("We few, we happy few, we band of brothers") a más honor cabremos, pero todos ellos habrían percibido como una afrenta muy grave que la fe defendiese sola estas cosas humanas.

Hoy aquel decoro cívico y aquella severa virtud republicana se han perdido, y lo que defendían se ha acogido a sagrado. La culpa no es de quien lo recoge, sino de una ceguera social selectiva que no mira más que el beneficio económico o el hedonista. Ya la diagnosticó el gran pagano Horacio cuando denunció a quienes "en la virtud ven sólo una palabra/ en el bosque sagrado sólo leña".

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