de todo un poco

enrique / garcía-máiquez

Un bel morir

LOS muchos artículos que le he dedicado estos años a Alberto Ruiz-Gallardón podrían formar un monográfico. No me atrevería a asegurar que el volumen mantenga vivo su interés porque la política tiene fecha de caducidad. A cambio, no sería un libro monótono. A Gallardón lo he criticado con acidez, lo he aplaudido con entusiasmo, lo he urgido con angustia. Sólo he sido constante en mi falta de indiferencia.

En los tiempos en que Gallardón coqueteó con el consenso y enarboló la bandera del político centrista, atractivo para la izquierda, gestor mayestático, ágil de cintura, ligero de ideas, le afeé la jugada, que consistía básicamente en considerar cautivo el voto de la derecha y, con esa base cogida por las papeletas, pescar en otros caladeros. Como estrategia de acceso al poder, no digo que no funcionase, pero no era juego limpio en una democracia representativa. Irónicamente, Gallardón cae ahora víctima de esa maniobra sociológica: las estadísticas como un puñal clavado por la espalda.

Cuando clamó contra la brutal discriminación que supone el aborto eugenésico, capaz de deslegitimar cualquier sistema de derechos y libertades, lo aplaudí mucho. Puso el dedo en la llaga. Pudo proponer una reforma mucho más audaz, por supuesto, pero trató de cambiar la tendencia a una permisividad cada vez mayor, de dar un pequeño paso, por fin, en la dirección de la defensa de la vida. Aun así, su proyecto encontró violentas reacciones y sordas resistencias fuera y dentro del Gobierno.

A partir de entonces, lo he urgido con desazón a que aprobase de una vez la reforma. Quizá él fuese quien menos lo necesitaba. Eran otras las manos que iban parando la aprobación. Creo que nunca clamé sólo contra él, siempre nombré a Soraya Sáenz de Santamaría y a Rajoy.

Hasta que ayer el presidente anunció que retiraba el proyecto. La excusa de la falta de consenso es barata, porque tampoco lo ha tenido en ninguna de las leyes que sí ha aprobado. Al dimitir Gallardón, he recordado a Petrarca: "Un bel morir tutta una vita onora". No sólo por esta muestra de coherencia y de dignidad personal y política, sino porque el sacrificio de un político de tanto talento y tanta ambición, en un país en el que nadie dimite, queda como un símbolo de que la defensa de la vida sí es una cuestión esencial. Todas mis viejas críticas y mis reparos últimos se suman a esta honda reverencia de adiós y de homenaje.

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