¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Los barones(a) y el Cupo vasco

La aprobación del Cupo vasco ha provocado un claro efecto colateral, la reaparición de los barones (y la baronesa) socialistas en el panorama nacional. Tras la contundente victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE, algunos, apresuradamente, se atrevieron a profetizar el final de ese sistema de caudillos territoriales que, desde hace décadas, controla y fiscaliza la labor del secretario general. Había llegado, argumentaban, una nueva era en la que el líder llevaría el timón del partido apoyado directamente en los militantes, sin poderes o contrapoderes intermedios, con puntuales plebiscitos que actuarían como rompimientos de gloria por los que bajaría la luz de la nueva doctrina. Error. Los barones, como el dinosaurio de Monterroso, siguen ahí.

Tanto Susana Díaz como el asturiano Javier Fernández y el valenciano Ximo Puig se han apresurado a censurar el apoyo parlamentario del PSOE al nuevo -y a todas luces abusivo y vampiresco- Cupo vasco, argumentando que la negociación se ha hecho con prisas y con un Gobierno presionado por la necesidad de sacar adelante los Presupuestos de 2017, lo cual es cierto; y que dicho Cupo debería negociarse en el marco de la reforma de la financiación autonómica, lo cual es discutible. Pero, sobre todo, más que razones de alta política, lo que late tras este encontronazo de los barones(a) con Sánchez es aquello que la flor y nata de las letras utreranas, los Álvarez Quintero, definieron en su célebre sainete como Ganas de reñir. El Cupo vasco es un nuevo damero en el que seguir jugando la partida por el control de Ferraz.

Los barones, sin embargo, no han llegado al extremo de Ciudadanos de impugnar la existencia misma del Cupo en nombre de la igualdad fiscal entre todos los territorios de España, algo bonito de decir pero más difícil de ejecutar. Con el Cupo vasco pasa lo mismo que con la Monarquía, siempre hay alguien que pone cara de Robespierre y te explica con irreprochable labia que ambos conceptos contradicen los principios más elementales de la democracia. El ardoroso igualitario no suele tener en cuenta que la realidad política no sólo la forjan las ideas abstractas, sino que también actúan otras cuestiones como la historia, la costumbre, la ley, las emociones, etc. El Cupo es un claro ejemplo. No vamos ahora a generar otro incendio en la España del siglo XXI para ser coherentes con la Revolución Francesa, pero sí podemos exigir, al menos, que éste se calcule de una manera más justa. Lo que ayer aprobó el Parlamento es -me perdonan el estilo tabernario- un atraco a mano armada.

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