A pesar de los temporales que con nombre propio han ido recorriendo el abecedario en su devastación arrasando paisajes como en una parábola bíblica, el árbol del amor ha florecido proclamando la primavera. Porque el primer reclamo de la primavera, el verdadero anuncio de la Semana Santa no es el azahar en flor con su perfume escandaloso y su blancura virgen sino el árbol del amor con sus flores entre púrpura y fucsia en forma de corazón.

Llevaba días asomándome a la terraza para ver llover sin descanso con la furia que el viento le imprime cuando sopla tan fuerte. Me asomaba para buscar en el cielo un atisbo de esperanza con que calmar mis miedos. Me asomaba también, para contabilizar los estropicios del viento y la lluvia en los jardines vecinos que me dan la vida: La hiedra del carril vencida, las cañas de bambú muertas, los viejos olivos con todos los nudos de sus troncos a la vista, el daño en la copa del ciprés más alto y más triste, el olmo descomunal desarbolado con sus ramas rotas y heridas, las que siempre me anunciaran el viento cuando rola a levante agitando sus hojas como con mal genio. Me asomaba temiendo sobre todo que los árboles del amor que tengo frente a casa, más vulnerables, hubieran muerto como los grandes pinos de la avenida que cada temporal se lleva alguno, bien porque sus enormes brazos se desgarran, bien por miedo de que cause una desgracia. Lo cierto es que cada vez quedan menos pinos para lamento de pájaros y paseantes que nos alimentamos de su belleza.

Para lo que sufrimos cada vez que desaparece un árbol viejo, nos dejan el tocón a la vista a modo de purgatorio. Un muñón visible fruto de nuestra indolencia y de nuestro silencio. Me duelen los árboles de la calle y por encima de todos ellos, los pinos altos y poderosos que la cobardía del hombre tala por su incapacidad para preservarlos de su vejez y por nuestra vida cómoda que no quiere riesgos ni excrementos de pájaros ni vivir de verdad mirando la copa de un árbol que es lo más cerca que tenemos del cielo. Nos hemos empobrecido tanto que el paisaje urbano como la comida actual tiene que ser simplemente bonito, pero que no manche ni ensucie, que no huela, en pequeñas dosis para que no harte ni sature, que no parezca lo que realmente es sino un dibujito ordenado y perfecto.

A pesar de las tormentas, el árbol de Judas, el árbol del amor, el árbol de Dios ha florecido pregonando la resurrección, regalando vida.

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